La tradición cultural occidental ha sido recurrente en atenerse al bíblico mandato de enseñorearse sobre las bestias, las plantas y todo producto de la creación. En la medida en que el hombre fue ocupando más espacio de su entorno real y espiritual, a sus dioses no le quedó más alternativa que replegarse desde los bosques, lagos y ríos donde moraron en los primeros tiempos, hacia montes olímpicos, y de ahí al cielo. Los árboles sagrados de ayer sirvieron para nuestras obras y, con la civilización la irrespetuosidad sustituyó a la veneración.
Durante milenios, la principal preocupación moral del hombre fue él mismo, su familia, su tribu, su ciudad y, más modernamente, su estado y su clase social; o sea, sólo lo humano o el producto de la actividad social humana como la política, el arte y la religión fueron considerados objetos de moralidad.
En todo el largo intervalo de la época premoderna, la capacidad transformadora del hombre fue tan limitada que sus acciones raramente podían causar daños que no fueran potencialmente autorreparables por la naturaleza. Por esta razón, las principales corrientes del pensamiento ético que nutrieron nuestra cultura partieron del supuesto de que la naturaleza cuidaba de sí misma, no consideraron la obligación moral de preservarla y sólo le concedieron a ésta un papel subalterno, un modesto status de medio, del cuál se podía disponer en nuestro provecho.
Emmanuel Kant, fundador de la moral moderna, nos dejó explícito, en el legado de sus imperativos categóricos, que sólo los hombres son fines morales en sí mismos y no medios, por tanto, para el sabio de Königsberg, la naturaleza no humana es un medio perfectamente delimitado de los sujetos morales, como reza en su aserto: “El cielo estrellado sobre mí, la ley moral dentro de mí.”
La conquista de América por los europeos marcó el inicio de una nueva etapa del proceso civilizador, si es que pudiésemos llamar civilizadora a la primera gran e irreparable injuria masiva contra el medio ambiente en que devino el saqueo de los recursos naturales del Nuevo Mundo, fuente del capital originario para el desarrollo industrial y científico técnico que, en mayor o menor medida, fueron alcanzando las metrópolis coloniales en los siglos subsiguientes.
La ética premoderna fue una ética del presente, su esencia radicó en la prescriptiva de las relaciones interhumanas sobre la expectativa de hechos que pueden tener lugar en la inmediatez. Incluso las comunidades religiosas que trataron de anticipar el reino de Dios, sólo intentaron cumplir en términos morales una utopía prefijada por la palabra divina.
Aún en pleno apogeo de la modernidad, la visión de las diferentes construcciones éticas predominantes seguían bebiendo de los viejos odres de una ética esencialmente interhumana, contemplativa y centrada en el presente.
Los movimientos políticos, ideológicos y sociales que durante el siglo xix dieron origen al socialismo marxista, pusieron en la liza una eticidad distinta, que, aunque compartió el optimismo tecnológico del paradigma civilizatorio donde surgió, centró su atención en la acción dirigida a un futuro que debía construirse, no a partir de preceptos prefijados, sino de las leyes objetivas del desarrollo. El contexto moral venidero pasó a ser una incógnita que debía ser develada en el proceso de búsqueda activa y construcción de una nueva sociedad.
El siglo xx fue escenario de la competencia desenfrenada entre las dos alternativas de progreso en que se resumió la modernidad, lo que contribuyó decisivamente a que la ciencia y la tecnología fueran demoliendo barreras y reinstalando permanentemente las fronteras del conocimiento y el dominio de los procesos naturales, hasta que la invasión del micromundo por la física y la biología enfrentaron a la humanidad ante la perplejidad de su propia soberbia.
La intrusión de la física atómica y la biología molecular en el recinto de las esencias, trajo consigo la certeza acerca de que la interpretación que los occidentales habíamos hecho de la relación moral del hombre con la naturaleza debía reevaluarse a tenor del trascendental impacto que las nuevas tecnologías, —surgidas en el afán de perfeccionamiento de su dominio— podían tener sobre los ecosistemas. El hombre, lejos de contribuir al incremento de la calidad de la vida, estaba interviniendo decisivamente en la destrucción del medio ambiente, y con ella, a la suya propia.
La primera manifestación de una toma de conciencia de los peligros desatados, fue la llamada crisis moral de los físicos, quienes en la década de 1950, protagonizaron un movimiento intelectual y de activismo político que abjuró de su contribución al desarrollo de las armas nucleares y abogó por la prevención de la utilización de esta fuente de energía con fines bélicos y de las consecuencias de su uso indiscriminado.
Sin embargo, en las últimas décadas, el progreso científico de la biología molecular ha sido tan impresionante que el impacto potencial sobre el medio ambiente de la tecnología asociada a éste, si bien menos espectacular, puede alcanzar peligrosamente proporciones mayores y más permanentes.
En un interesante artículo sobre manipulación genética el Profesor Lacadena [1] cita a Fred Hoyle, astrónomo de la Universidad de Cambridge, quién, en la década de 1960 se expresó de esta manera: “... dentro de veinte años, los físicos, que sólo fabricamos inofensivas bombas de hidrógeno, trabajaremos en libertad, mientras que los biólogos moleculares lo harán tras alambradas eléctricas...”
Por primera vez en la historia, la biosfera, que hasta el momento parecía inmutable, ha empezado a emitir peligrosas señales de lo que significan las reiteradas intervenciones depredadoras del hombre.
De ahí, la creciente preocupación moral de las últimas décadas por la cuestión ambiental que ha dado lugar a dos posiciones deontológicas fundamentales, aquella sustentada en el punto de vista de lo que esta actitud irracional puede significar para la existencia del propio hombre, o desde una visión más holística de nuestra responsabilidad —como únicos animales conscientes del alcance de nuestras acciones— con la preservación de la vida y de los ecosistemas en general.
Por todo lo expresado aquí es que se está produciendo una recomposición del pensamiento humanista contemporáneo, que justiprecia el discurso ético; implica una nueva perspectiva, que reconoce la ampliación de los sujetos morales; rebasa lo propiamente humano y se extiende a toda la biosfera. La naturaleza ha ascendido, de simple medio, a ser considerada fin moral. Esta nueva ética, además, es una ética de la acción orientada al futuro, donde el momento teleológico se sitúa en las consecuencias a largo plazo, incluso para generaciones no existentes hoy.
Las biotecnologías han permitido “tocar” y manipular literalmente las estructuras moleculares para abrir una senda de grandes esperanzas y torvas preocupaciones, por lo que los organismos modificados genéticamente (OMG) pueden significar en términos de beneficios y peligros potenciales. El propósito del presente trabajo es analizar los diferentes puntos de vista sobre el tema a la luz de las nuevas tendencias de la ética que caracterizan el discurso bioético.
A diferencia de los físicos, los biólogos moleculares trataron de curarse en salud y, en los albores de la década de 1970, promovieron una corriente de opinión en cuanto a la necesidad de la reflexión moral oportuna, a la par que se desarrollaban las bases de lo que se ha dado en llamar la nueva genética, sustentada en la aplicación de técnicas moleculares (restricción, hibridación y secuenciación de ácidos nucleicos).
En el verano de 1974, Paul Berg y otros premios Nobel (Baltimore, Nathans y Watson), reunidos bajo el auspicio del Assembly of Life Sciences of the National Research Council, suscribieron un manifiesto en el cuál solicitaban a todos los científicos e instituciones involucradas en investigaciones moleculares que se acogieran a una serie de recomendaciones que reseñaremos brevemente, tomando como referencia el ya citado artículo del profesor Lacadena.
La primera era la referente a aplazar cierto tipo de experimentos:
- La replicación autónoma de plásmidos bacterianos que puedan introducir determinantes genéticos para resistencia a antibióticos o formación de toxinas bacterianas carentes de tales determinantes, así como la construcción de nuevos plásmidos que contengan combinaciones de resistencia a antibióticos de uso clínico, a no ser que tales combinaciones estuvieran presentes en la naturaleza.
- Unir ADN de virus de animales, oncogénicos o no, a elementos de ADN capaces de replicar autónomamente, tales como los plásmidos bacterianos u otros virus
La segunda recomendación del comité indicaba que debiera tenerse en cuenta que muchos tipos de ADN de células animales contienen secuencias comunes a virus oncogénicos ARN (retrovirus), por lo que añadir ADN animal a sistemas de replicación de ADN (plásmidos, por ejemplo) podría implicar un riesgo.
La tercera recomendación aconsejaba la supervisión de ese tipo de experiencias por los Institutos Nacionales de Salud.
La cuarta y última recomendación aconsejaba la conveniencia de realizar una reunión científica para revisar el progreso científico en esta área de investigación y discutir después los medios apropiados para tratar el riesgo biológico potencial de las moléculas de ADN recombinante [1].
La reunión propuesta se celebró en California, en febrero de 1975 (Asilomar Conference on DNA Recombinant Molecules). Allí se llegó al consenso de que las investigaciones en este campo debían continuar dadas las amplias posibilidades de su aplicación (de hecho, durante los meses que mediaron entre la solicitud de la moratoria y la celebración de la conferencia, científicos inescrupulosos continuaron sus investigaciones para tratar de tomar ventaja). Para minimizar los riesgos, se propuso establecer barreras físicas y biológicas de seguridad, y de aquí surgieron las ideas básicas de la bioseguridad como se ha entendido ésta ulteriormente. Las barreras biológicas consistieron en usar como soporte bacterias incapaces de sobrevivir en ambientes naturales y de emplear vectores que sólo pudieran crecer en determinados huéspedes. Las barreras físicas se referían a medidas estructurales y de buenas prácticas de los laboratorios.
Todas estas propuestas denotan un trasfondo moral cualitativamente nuevo. La preocupación va más allá de las consecuencias inmediatas y hace recaer la responsabilidad del futuro en el presente, y de todas las formas de vida y su entorno en el hombre. Este cambio de perspectiva requirió de las llamadas éticas aplicadas, las cuales debían dar respuesta a las interrogantes surgidas continuamente en la práctica, y favoreció en particular el desarrollo de la bioética.
El surgimiento de la bioética como disciplina estuvo determinado históricamente por esta toma de conciencia del impacto de los problemas económicos y sociales en la cuestión ambiental y en el desarrollo de la tecnociencia. El propio creador del neologismo bioética, Van Rensselaer Potter, oncólogo experimental, ha insistido en un artículo publicado recientemente, en que la concepción original desarrollada en su famoso libro Bioethics Bridge to the Future, que vio la luz en 1971, ubica a la bioética como una disciplina puente, de encuentro, entre el saber científico y humanístico que permita el desarrollo de una cultura de la sobrevivencia [2].
Este aserto de Potter, incomprendido al principio en su total magnitud, fue revalorizado por Keiffer [3] y ganó adeptos progresivamente hasta convertirse en un código de comunicación universal.
No obstante todas las previsiones y reparos, en las décadas subsiguientes se produjo un escalado en las investigaciones biotecnológicas que permitieron poner a punto determinados procedimientos y tecnologías. Así las cosas, transgénesis y clonación pasaron a ser parte de la cotidianidad de los laboratorios. La creación de plantas, animales y microorganismos genéticamente modificados permitieron explotar sus resultados aplicables a la agricultura, la medicina y la protección del medio ambiente a corto plazo, creando bancos de germoplasma, biofábricas y toda la infraestructura organizativa de las empresas biotecnológicas.
Después practicar la producción, liberación al medio y uso comercial de los OMG durante varios lustros, se ha reavivado la polémica en cuanto a que la ponderación de sus peligros potenciales, en relación con los beneficios que aportan, puedan justificar o no su licitud moral en virtud de nuestro deber de observar una actitud responsable hacia la biosfera.
Trataré de exponer las consideraciones de las diferentes posiciones a través de autores representativos para, siguiendo el método de la bioética, analizar los hechos científicos a la luz de los valores.
En 1994, Margaret Mellon y Jane Rissler, en representación de la Union of Concerned Scientists (Unión de Científicos Preocupados), hicieron público su manifiesto Perils amidst the promise: ecological risks of transgenic crops in a global market (Peligros ante la promesa: riesgos ecológicos de los cultivos transgénicos en un mercado global), donde manifestaron su preocupación por la aparición de nuevos virus derivados de plantas resistentes a virus que expresan secuencias derivadas de un patógeno.
En un taller internacional sobre bioseguridad celebrado en Santiago de Chile en septiembre de 1997, tuve la oportunidad de escuchar en una interesante presentación de Jane Rissler, donde a nombre de la Unión de Científicos Preocupados, extendió el ámbito de las inquietudes expresadas anteriormente sólo con relación a los virus recombinantes de los cultivos, a todos OMG tanto vegetales, animales, como microorganismos [4]. En esencia los planteamientos de Rissler, basados en diversos reportes científicos, pueden ser resumidos de la siguiente manera:
Riesgos de las plantas modificadas genéticamente
Riesgos de los animales modificados genéticamente.
Riesgos de los microorganismos modificadas genéticamente
O sea, para estos autores que refiere Rissler, los OMG pueden crear nuevas plagas, aumentar la resistencia de las plagas existentes, dañar accidentalmente determinadas especies, alterar las comunidades biológicas y los procesos internos de los ecosistemas, crear subproductos tóxicos y dañar recursos biológicos de valor, además de crear otros riesgos aún desconocidos.
Otras opiniones científicas sustentan posiciones que muestran desacuerdo con los drásticos planteamientos de quienes alertan sobre los potenciales peligros de los OMG.
Bryce Falk y George Bruening, del Center for Engineering Plants for Resistance Against Pathogens, casi inmediatamente después de la aparición del manifiesto de la Union of Concerned Scientists en 1994, escribieron una réplica en Science con el título Will transgenic crops generate new viruses and new diseases? (¿Generan los cultivos transgénicos nuevos virus y nuevas enfermedades?). Estos autores refutaron a Mellon y Rissler con los argumentos siguientes: en las condiciones habituales de los cultivos, los virus normalmente interactúan genéticamente; mientras los virus naturales son muy estables debido al largo proceso de selección natural del cuál son producto, los virus recombinantes son mucho menos competitivos, por tanto es muy improbable que la aparición de nuevos virus y enfermedades esté relacionada con los OMG [5].
Marisé Borja, en una contribución al seminario de la Universidad Comillas sobre Ecología [6], trata de hacer una evaluación equilibrada de la utilidad y posibles riesgos de los OMG. En cuanto a los usos, Borja relaciona los siguientes:
Sanidad humana y animal
Agricultura
Biodiversidad
Vistos los posibles riesgos y beneficios, corresponde hacer el análisis ético. ¿Cuál es el principio deontológico que debe guiarnos?
La creación de OMG es de tal trascendencia para el futuro de la humanidad que, de hecho, constituye una cuestión que atañe al bien común, y, por tanto, es del dominio de la ética pública, aunque estén incluidos también elementos de ética privada. Indudablemente, para enfrentar el análisis ético se requiere apelar a principios de suficiente amplitud que permitan abordar, tanto los aspectos macrosociales como los microsociales, involucrados.
En esta primera parte del trabajo nos hemos referido exclusivamente, con toda intención, a los aspectos relacionados con la bioseguridad y la biodiversidad, dado que era nuestro propósito fijar la atención en la reflexión acerca de la ponderación de los riesgos y beneficios, y a través de esto, en la cuestión del imperativo moral de hacer el bien o al menos no hacer mal.
¿Cuál es el imperativo del bien en este caso?
La población mundial continuará creciendo en los próximos treinta años a expensas de los países subdesarrollados. Si hipotéticamente, lograra detenerse de inmediato este crecimiento desigual con medidas urgentes, la población mundial demoraría aún decenios en estabilizarse y se acercaría inevitablemente a la cifra peligrosa tope entre diez y catorce mil millones de personas que, según estudios optimistas, sería la que estaría en condiciones de ser alimentada con la utilización más racional y equitativa de los recursos naturales existentes.
A las generaciones presentes nos corresponde resolver los problemas creados en términos alimentarios y ambientales, si pretendemos cumplir con el precepto de no comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades en un medio ambiente sano. Es evidente que las generaciones futuras no tendrán ese medio ambiente sano si las generaciones actuales no superan los problemas del presente.
Los OMG ofrecen una alternativa de incremento en la eficiencia de la producción material, fundamentalmente en la agricultura; también en la nueva generación de medicamentos individualizados que caracterizarán el arsenal terapéutico del futuro; y, por último, pueden contribuir a la recuperación de los ecosistemas degradados.
¿Debemos hacer caso omiso de los riesgos? ¿Son estas prevenciones alarmistas? ¿Nos protegerá la propia tecnología de sus consecuencias? ¿ Corregirá la biotecnología los errores de la biotecnología? ¿Qué nos hará actuar con la debida prudencia?
El principio rector en este caso sería el de la responsabilidad.
¿Cómo observarlo e instrumentarlo?
Hans Jonas, en su trascendental e imprescindible obra El principio de la responsabilidad [7] publicada por primera vez en 1979, propone una metodología válida a nuestro juicio para abordar esta problemática, aunque no concordemos con todos los puntos de vista del autor en materia de fundamentación.
Analicemos la cuestión de los OMG utilizando los pasos metodológicos propuestos por Jonas.
La observancia del principio de responsabilidad, al favorecer la preservación del bien común, contribuye a crear un contexto material y social adecuado al equilibrio del hombre y la naturaleza, garantizando así que los valores y derechos individuales puedan tener realización efectiva.
Una vez analizados los aspectos de bioseguridad y biodiversidad a través del principio de la responsabilidad, queda el terreno preparado para abordar la cuestión económica y social que subyace tras los OMG.