Centro Félix Varela

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Prólogo al libro Cartas a Gabriel

La antigua costumbre de llegar en la distancia hasta los conocidos mediante la palabra escrita, como puente comunicativo, universalizó al género epistolar. Aunque de poca presencia en nuestros días por la irrupción de la revolución en el campo de las comunicaciones, confirma sus valores éticos cuando recibimos de sus líneas el mensaje: ¨Hoy cumples tu primer año de vida, y yo, cumplo también mi primer año de ser mamá¨.
Así se abre el conjunto epistolario Cartas a Gabriel que Vladia Rubio obsequia a su pequeño hijo cuando aun no conoce el misterio de las letras y con diversidad de temas llegan al lustro de vida en común.
El amor filial es una fibra que ennoblece y nos hace más humanos porque la necesidad de reproducirnos sobrepasa las fronteras del espacio y del tiempo, al colocar en cada nuevo individuo la dosis necesaria para transitar por encima de crisis y cataclismos sin ignorar el origen de género.
Por eso el oficio de madre, nada fácil en ninguna época, adquiere en la pluma de la joven periodista, el gesto radiográfico sobre cada instante del crecimiento de la vida y su capacidad de asombro en el descubrimiento de la naturaleza humana con el propósito de transformarla en algo cada vez más pleno.
El epistolario está escrito para el más universal sector de lectores. Hasta ellos, con independencia de edades, llegan las maravillas encerradas en un libro, los goces que proporciona la inteligencia, el regodeo de admiración ante todo lo bello, como instrumentos necesarios para llegar a ser felices en el mundo.
El tiempo de los primeros juegos con los que el nuevo hombre se inicia en el aprendizaje, el éxtasis ante las láminas de color o los cuentos con sus personajes fantasiosos, pero necesarios, para llenar de belleza la espiritualidad, hasta el recorrido del beso, desde los primeros pasos hasta cuando algún día no venga a dormir a la casa, forman parte de la cosecha del afecto.
Vladia coloca ante Gaby el nacimiento de una estrella recien descubierta atrapada por el lente fotográfico, la asombrosa vida de las hormigas, el destello de cada momento de vida para alcanzar las mejores cualidades humanas, y como su condición de varón le impide derramar lágrimas "porque los hombres no lloran".
A la vida se llega sin ser consultado, y debe el afecto humano exponer las rarezas de sus giros y el donaire de la conducta verdaderamente humana, para estar alertas y ser al mismo tiempo más completos.
En las cartas se conjuga con belleza la anticipación del mundo que lo espera ante el decursar de los años. Se entregan de esta forma las llaves de un cofre maravilloso para que la alegría se mezcle con la bondad, y la fortaleza ante flaquezas y dificultades, desde los años mozos, y se nutra de firmeza a la sonriza osada y valiente que permita arar a la altura del tiempo.
El epistolario logra sus propósitos: sacarnos del torbellino de la cotidianidad para mirar a lo más valioso de nuestro entorno. La inmediatez nos sumerge hasta ignoran el valor permanente de una educación humanista, que sólo puede moverse sobre los rieles del amor.
El conjunto epistolar nos entrega en sus líneas ese propósito como fuerza ética, porque nunca podrán las máquinas --incluidos los modernos ordenadores-- podrán ser capaces de cincelar, como la afectividad humana, la belleza interior de nuestros hijos, para que cada uno de ellos sea el nacimiento de una estrella con luz propia, en lucha por una permanencia digna sobre la faz de la tierra.


Miralys Sánchez Pupo

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