Centro Félix Varela

logoSociedad y educación
para el desarrollo humano

Autor:Ovidio S. D’Angelo Hernández

 

Prólogo a manera de exordio por Jorge Luis Acanda González
 

Contenido

PRÓLOGO
   Exordio preventivo
, Jorge Luis Acanda González / 11

INTRODUCCIÓN / 15

PRIMERA PARTE
SOCIEDAD E INDIVIDUO. PROBLEMAS Y PERSPECTIVAS DE UNA ÉTICA SOCIAL DEL DESARROLLO

I. La educación y la formación de la persona en valores en el contexto latinoamericano y cubano / 27

Educación, ética y desarrollo humano: un reto de la actualidad / 27
La formación de valores en Cuba. Escuela y sociedad / 31

II. El proyecto educativo y la praxis social transformadora para el desarrollo de proyectos de vida creadores / 43

El proyecto de vida como marco conceptual al nivel individual y social / 43
Impacto social de la formación reflexivo-creativa / 45
Universalidad y contextualización de los valores en el marco de las raíces de la identidad sociocultural / 54
Diálogo y construcción de valores humanos en situaciones de crisis / 56
Educación para un proyecto de vida creador / 59
Construcción de proyectos de vida colectivos y crisis social / 61

III. Integración de las fuentes teóricas de la concepción educativo-social desarrolladora de la persona reflexivo-creativa e íntegra / 63

La filosofía y la pedagogía liberadora. Desarrollo personal y compromiso social / 63
Proyección desde Vigotsky a la construcción de la persona y la sociedad. Cultura, interacción y aprendizaje social / 66
Los mediadores sociales y su papel formativo del individuo. Diálogo, pensamiento y aporte social / 71
La zona de desarrollo próximo (ZDP) y las posibilidades de autonomía y aportación de la persona social / 72
Confluencias y aportaciones del psicoanálisis freudiano y del cultural o humanista para el desarrollo de la dimensión ética de la persona y la subjetividad social / 75
La psicología humanista y la corriente de pensamiento crítico. Puntos de coincidencia sobre la educación ética / 80
Concepción de Richard Paul sobre el desarrollo ético-reflexivo de la persona / 83
El desarrollo de la comprensión ética, en la filosofía para niños / 86
Educación en valores en la comunidad de indagación / 88
Direcciones y objetivos de la educación en valores / 92
Concepción de la educación para el desarrollo personal íntegro en la filosofía para niños / 94
Concepción de la formación de valores de Ángel Villarini / 96

SEGUNDA PARTE
LA PERSONA Y LA FORMACIÓN DE PROYECTOS DE VIDA DESARROLLADORES. PROPUESTAS
DE TRANSFORMACIÓN EDUCATIVA Y SOCIAL

IV. La concepción de la persona social y sus proyectos de vida / 103

La articulación desde el ángulo de la psicología de la personalidad / 110
La articulación desde el ángulo de la filosofía y las ciencias sociales afines / 112
Educación y persona. Desarrollo humano sostenible / 115
Concepto de desarrollo humano sostenible / 116
Dimensiones de la persona reflexivo-creativa / 121
Construcción de significados: papel de la experiencia y el razonamiento / 121
El pensamiento en el desarrollo de la persona / 123
La creatividad como potencialidad transformadora de la personalidad / 125
Educación de valores morales y de los sentimientos / 128
Proyecto de vida y desarrollo de la persona / 132
La autoexpresión personal como fundamento del proyecto de vida / 135

V. El desarrollo integral de los proyectos de vida / 137

Valoración de programas de desarrollo humano integral. Experiencia de aplicación en varios países / 145
Programas temáticos estructurados de desarrollo humano y ético / 145
Dos métodos y concepciones de educación de los proyectos de vida / 148
Concepción de los programas de la clarificación de valores / 151
La integración del currículo como base de la formación integral / 157
El desarrollo del currículo en las perspectivas reflexivo- creativas y del desarrollo humano / 159

VI. El desarrollo personal-profesional creador y las competencias humanas / 165

VII. Recursos transformadores en el campo de los valores, del desarrollo humano integral
de proyectos de vida y la interdisciplinariedad escolar / 169

Dispositivo instrumental para la formación integral de los proyectos de vida / 177
PRYCREA y la promoción de la investigación en el maestro y los alumnos. Las PIC (sesiones
de propuestas investigativas comunitarias) / 179
Los grupos de autodesarrollo (GAD) como espacios reflexivos para el mejoramiento del desarrollo integral humano / 182

VIII. La acción grupal como base de los aprendizajes reflexivo-creativos para el mejoramiento escolar y social / 185

El educador en las comunidades reflexivas / 185
Aspectos del desarrollo integral y la dimensión ética del proyecto de vida de la persona / 188

A manera de conclusión / 193

Bibliografía / 195

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Prólogo (exordio preventivo)

Si para algo sirven los papeles,
es para trazar mapas.
Eduardo Sartelli

Quiere la tradición que todo libro presente, en su inicio, un prólogo. El Diccionario Larousse de la Lengua Española nos da dos significados de ese vocablo. El primero lo define como un «discurso que precede ciertas obras para explicarlas o presentarlas al público». De acuerdo con ello, lo que aquí expongo no es un prólogo, pues no me anima el deseo de explicar este libro. No pienso insultar la inteligencia del lector eximiéndolo de la labor de interpretar el contenido del mismo. A fin de cuentas, es esta tarea la que constituye el meollo mismo del ejercicio de la lectura. El «prologista preceptivo», que intenta comentar en pocas páginas y servirle ya deglutidas y comprimidas al público las ideas que el autor ha ido desplegando lenta y razonadamente en el cuerpo de su obra, merece el rechazo por arrogante e impositivo. Dice una máxima de la hermenéutica que no existen libros, sino lectores. Como toda afirmación extrema, yerra en parte, pero también acierta en algo. El lector no es un simple «espejo en un recodo del camino», que reproduce mecánicamente las ideas escritas que se le colocan delante, sino receptor activo, que interpreta a su manera el texto y lo llena de una significación específica. El proemio de un libro no debería, por lo tanto, asumir como objetivo algo que implica la negación misma del difícil pero gratificante ejercicio de la lectura, y del sentido mismo de un libro, que es ofrecerse como incitación a la reflexión.

Pero el diccionario nos da una segunda acepción: prólogo es «lo que sirve de exordio o principio para ejecutar una cosa». Y esta interpretación me parece más adecuada para el cometido de un preámbulo: que funja como el inicio de la acción interpretativa. Para ello, ha de cumplir la función inexcusable de ser, ante todo, una advertencia. Tiene que prevenir sobre las dificultades que se encontrarán en la apropiación activa del texto.

¿Qué es lo que lleva a un lector a asumir un libro como reto intelectual, a aceptar el desafío que implica la muy individual tarea de descodificación del texto que el autor le presenta, a aceptar, en suma, el envite —implícito en todo libro— de convertirse en una especie de coautor del mismo? Ello solo es dable cuando se establece una resonancia entre el espectro de intereses, necesidades e inquietudes del lector y las propuestas de la obra que lo enfrenta. A no dudarlo, el tema mismo de esta monografía de Ovidio D’Angelo hará que esta resonancia surja de inmediato. Sociedad y educación para el desarrollo humano, nos enfrenta, desde su título, con una problemática que a todos nos preocupa: el de la crisis de valores y las vías para superarla.

Es aquí, precisamente, donde debo comenzar a cumplir mi función como redactor de este proemio: alertar al lector sobre el carácter nada convencional del libro que nos ocupa. Tal vez sea conveniente explicitar aquello que este libro no es, para que se desechen todas las falsas expectativas sobre lo que puede encontrarse en esta monografía.

En primer lugar, escapa a las clasificaciones convencionales. No se trata de un texto de ética, aunque el tema de la moral es central en su reflexión. No es un tratado de axiología, pese a que se ocupa de la cuestión de los valores. No es un libro de psicología, aunque lo haya escrito alguien que funge como miembro de ese gremio. Y no es nada de eso precisamente porque es todo ello y algo más. Con plena conciencia de lo complejo de su envite, el autor nos reta a seguirlo por los intrincados meandros de una reflexión que no se encapsula en los estrechos marcos de una ciencia particular, que es antitética a los angostantes mandatos de los aduaneros del conocimiento (cuya concepción disciplinar de la ciencia la desmembra en una serie de teorías inconexas entre sí), y que carena en un saber de intención supradisciplinar. Solo un pensamiento orgánico puede enfrentar el desafío de la asunción epistemológica de una realidad que es siempre orgánica. Para decirlo con más claridad, la propuesta de Ovidio D’Angelo es intraducible a los códigos interpretativos del positivismo, códigos en los que, desgraciadamente, se entrena desde hace más de dos siglos a los productores y consumidores del conocimiento teórico. Su punto de anclaje metodológico es otro. A diferencia de muchos especialistas que —remedando al famoso personaje de Moliere— hablan «en positivista» sin saberlo, este autor asume a plena conciencia el reclamo hegeliano-marxiano de un enfoque totalizador, y su texto se mueve dentro de los marcos conceptuales del mismo. Toca al lector adoptar el lenguaje y estilo de pensamiento (en definitiva, ambos son casi la misma cosa) que le permita comunicarse (en el sentido bidireccional que el término presupone) con la propuesta aquí presentada.

Por otro lado, el estudio que nos ocupa escapa también al enfoque al uso de un tema como este. No encontrarán en sus páginas el tratamiento tradicional que se espera de un problema tan llevado y traído en los últimos tiempos como el de los valores y la educación, y que ha consistido en pasar de la constatación de la lamentable pérdida de valores en nuestra época a la catalogación de un conjunto de métodos y procedimientos para rescatar lo perdido, para inculcarle a las personas, de nuevo, aquello que extraviaron. Pérdida y recuperación son conceptos que se encuentran en las antípodas del patrón teórico desde el que se intenta el abordaje de estas cuestiones. Con el inicio mismo de la toma de conciencia del carácter enajenante de los procesos de modernización capitalista, surgió una concepción romántica que entendió el despliegue de lo social como extravío de algo inherente al individuo, y la superación de esa situación de anomia y corrupción como recobramiento de un paraíso perdido. Los sentimientos, pasiones, temores, aspiraciones, principios de valoración y referencia, en suma, los valores de una sociedad y de los individuos que la conforman, se entendieron en forma reificada, descontextualizados del entorno social que los hace posible o decreta su obsolescencia histórica. Los tartamudeos de la historia han conducido al maridaje contra natura del romanticismo y la izquierda. Ovidio D’Angelo se inserta en otra tradición del pensamiento, que interpreta a la revolución como renovación total, que entiende a los fenómenos sociales como productos de la compleja trama de las interacciones humanas con los elementos que las condicionan. Su intención no es sentarse a llorar por los valores que el viento se llevó, sino entender por qué pudo llevárselos y proponer vías para producir nuevos valores, acordes a las características de una época diferente, que le permitan a los seres humanos avanzar por el sendero de su desenajenación progresiva. Si vivimos en una época de cambios, de transición, ¿por qué el énfasis en la recuperación de antiguos valores y no en la creación de otros nuevos? Como alguna vez escribió el barbado genio de Tréveris, la revolución solo puede extraer su poesía del porvenir.

Ese afán heterodoxo se constata también en el concepto de educación que se maneja en esta obra. Presenciamos un rompimiento frontal con el clásico esquema, proveniente de la Ilustración, que entiende aquella como transmisión de información, como adoctrinamiento, como conducción pastoral. Aquí, educación es algo mucho más amplio que enseñanza. No apunta exclusivamente al aprendizaje de conocimientos, sino al conjunto de todas las estructuras e instituciones que condicionan la formación de la subjetividad de las personas, su proceso de socialización e individuación. Su objetivo es contribuir a la formación de seres humanos dotados de la suficiente autonomía para forjar, por sí mismos, aquellos valores y convicciones que les permitan un despliegue creador y multilateral de su subjetividad. Ya Ortega y Gasset dijo que las creencias se tienen, pero que en las convicciones se está. Este libro asume a la educación como aspiración a desarrollar la potencialidad íncita en cada individuo de devenir sujeto.

Ovidio D’Angelo explora en la difícil zona en la que se produce la interrelación entre los intereses individuales y los sociales. La intersección en que se patentizan las limitaciones del positivismo metodológico y del romanticismo teórico. Y como buen explorador, nos ofrece un mapa. No otra cosa es su libro. No pretende darnos visiones cerradas y completas, ni suministrarnos soluciones únicas. Las páginas de su monografía despliegan ante nosotros un mapa. Un mapa es un documento conflictivo: exige del que lo usa una interpretación, y demanda de él una acción posterior. Este autor marca las coordenadas de referencia, e intenta colocarlas para permitirnos el trazado de nuestro derrotero, establecer nuestro rumbo, emprender independientemente nuestra propia exploración de esas zonas en las que se esconden las verdades que solo se pueden alcanzar por esfuerzo propio. Su libro cumple el cometido esencial de un buen libro: guiar nuestra reflexión, no sustituirla.

Jorge Luis Acanda González
La Habana, 6 de diciembre de 2000

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Introducción

La cuestión ética, como problema social relativo a la expresión de los valores y a su formación, a la transparencia del comportamiento y las intenciones, al enfrentamiento y solución de múltiples dilemas morales de la vida cotidiana y de las relaciones sociales, se presenta en un contexto de posibilidades o limitaciones para el desarrollo social en general y constituye uno de los principales campos de formación de la dimensión humana de la persona.

La búsqueda de un sentido para la propia vida y la proyección hacia el desarrollo y la felicidad individual y colectiva, forman parte de esta dimensión ética de la persona, que se recorta sobre las relaciones entre la conciencia individual y la social, entre el individuo y el contexto sociocultural de la época y del país dado. Esta complejidad de las cuestiones éticas hace que constituyan, en los tiempos que corren, una de las problemáticas de más difícil y necesario abordaje teórico y práctico, con vistas a la reconstrucción y ampliación de una sociedad más humana.

En este sentido, se abren muchas interrogantes: ante las situaciones y retos que plantea la complicada realidad contemporánea de sociedades que se caracterizan por la pobreza y la injusticia social frente al derroche de recursos, la intolerancia y la violencia, la polarización social y la existencia de intereses económicos y de poder, la manipulación del ciudadano por grupos de intereses políticos y los medios masivos de comunicación y otros muchos factores.

De cara a las perspectivas y necesidades de progreso económico y social, del desarrollo de un orden de convivencia realmente humano que permita el florecimiento y la autorrealización de las personas, las realidades de hoy se alzan como barreras que presentan una sombra de duda e incertidumbre sobre el futuro.

Ante esta situación, los esfuerzos mancomunados de diferentes fuerzas sociales constructivas necesitan de una coherencia de paradigmas y una acción multilateral que orienten el cambio necesario en las direcciones más sensatas y beneficiosas para toda la sociedad.

En su expresión más profunda, se trata de una dirección de pensamiento y acción educativa-social en la que confluyen múltiples articulaciones, bajo un tronco común de inspiración humanista.

Una concepción de valores éticos y de desarrollo humano, del acervo universal, junto a las tradiciones propias de nuestro pensamiento filosófico y social latinoamericano, son los pilares de la estructuración de los fundamentos y el programa de desarrollo de la dimensión ética de la persona que proponemos.

El culto a la dignidad plena del hombre y al sentido de identidad nacional y cultural patrióticos, como reclamaba nuestro José Martí, constituyen el aliento central, apenas perceptible de modo directo, de toda la elaboración que presentamos.

Junto a los valores universales, aquellos procedentes de nuestra mejor tradición nacional, que enaltecen la dignidad humana o referidos a la solidaridad y a la justicia social o al examen reflexivo a que nos invitaba Félix Varela, conforman el marco conceptual de una ética para la práctica educativa y social.

No se aborda en nuestro trabajo, de manera expresa, esta dimensión aportadora de nuestra cultura nacional que constituye, en sí misma, un objetivo de análisis con alcances profundos, sino que se haya presente en una lectura intencionada, a partir de las corrientes que presentamos y la síntesis de nuestra interpretación y elaboración.

Se trata de lo universal contextualizado en nuestra realidad nacional, en su historia de tradiciones latino e iberoamericanas y universales, y de su examen crítico a la luz de las necesidades actuales del desarrollo social y de los ideales de mejoramiento humano, considerado como punto de partida para la acción transformadora social.

La condición de persona, del individuo social, nos lleva al plano del análisis de su comportamiento moral, fundado en valores éticos dirigidos a enaltecer su acción ciudadana en el sentido de la dignidad y solidaridad humanas, la justicia y el progreso social. El componente ético considerado, pues, como una dimensión imprescindible de la persona y del desarrollo reflexivo, creativo e íntegro de sus proyectos de vida en el contexto de una situación social determinada, está en la base de las tesis principales que sustentamos.
Los fundamentos teóricos de la educación y la formación social en valores, desde la perspectiva de varios enfoques crítico-reflexivos y el análisis de programas de educación ética correspondientes con esos enfoques, conforman el contenido de otra parte del trabajo, sobre cuya articulación proponemos nuestra concepción y propuestas de desarrollo ético de los proyectos de vida de la persona.

Algunos principios claves son sostenidos a lo largo de nuestro trabajo, abierto aún a nuevas contribuciones y profundizaciones. Estos principios se sustentan en la idea central de que el conocimiento y la formación de la persona en valores, no son un asunto de transmisión de información, sino que necesitan de la incentivación a través del contexto social adecuado, de las instituciones y los agentes sociales formadores de la sociedad, de una postura diferente a la habitual. Se requiere el fomento de la exploración, la búsqueda creadora y el análisis argumentado, basados en los intereses, la experiencia vital y la práctica social de los sujetos que actúan y aprenden, como parte de una realidad que no puede ser «asimilada», sino «construida», enriquecida y renovada constantemente en la dialéctica de conformación y confirmación de la propia identidad cultural-social-individual.

El énfasis en la unidad afectiva y cognoscitiva de la experiencia vital total de la persona nos ha hecho considerar la ampliación de la educación de valores al campo de la acción de todas las instituciones sociales, como un asunto de interés social general.

La sustentación del desarrollo ético de los proyectos de vida de la persona, a partir de los aportes de los enfoques crítico-reflexivos, la presentamos con una salida a la práctica educativa transformadora, a través de una propuesta de modalidades de desarrollo integral ético, que puede ser potencialmente enriquecedora, en su puesta en práctica en el aula o en el ámbito inmediato de acción social del individuo.

El logro de la congruencia entre un ideal de persona reflexiva, creativa e íntegra como el que proponemos y la realización de un modelo de sociedad que la fomente en todos los campos de la vida constituye, sin lugar a dudas, uno de los retos importantes del presente.

El desarrollo de un nuevo tipo de persona social autónoma, responsable y comprometida con su entorno social y cultural, con la conformación de una identidad propia de contorno universal-nacional abierta al desarrollo de la plenitud de la esencia humana, requiere de nuevas formas de interacción activa y transformadora con sus condiciones materiales y espirituales de existencia, con su entorno cotidiano.

Riqueza interior y labor por el bien común se reúnen en el modo de ser y hacer de la persona reflexiva, creativa y moralmente íntegra, portadora de valores de dignidad y solidaridad humana, que se expresan en su condición de ciudadano promotor de una sociedad de progreso y justicia. Por tanto, es esta la condición que habría que promover en todos los escenarios sociales.

Sociedades alienadoras del individuo, burocratizadas o consumistas, manipuladoras e instauradoras de una docilidad y conformismo acrítico de diversos tipos de «hombre-masa», o que alientan la desigualdad y la injusticia social, los privilegios infundados, el cercenamiento de los deberes y derechos sociales y ciudadanos básicos del individuo, la desigual oportunidad de acceso a las esferas de lo económico, lo político y lo cultural, que no permiten el florecimiento real de la esencia humana, constituyen contextos inapropiados para el desarrollo coherente de la dimensión ética de la persona.

Por tanto, el plano de la formación de los valores éticos de la persona está en estrecha correspondencia con el examen de los fundamentos de las relaciones sociales concretas en que esta se desempeña, de las bases de sustento de sus instituciones y valores sociales, de la tradición histórica y la vida cotidiana de la sociedad en cuestión.

El análisis reflexivo y propositivo del contexto real es una condición para la formación adecuada de valores, con vistas al logro de la felicidad humana.

Una concepción tal de principios y perspectivas de enfoque de los valores éticos debe entonces estar abierta al desarrollo reflexivo y creador.

En este sentido, no es concebible la formación de valores —entendida como función de todo el conjunto de subsistemas sociales— bajo el paradigma transmisor receptivo, que supone la existencia de unos valores portadores de verdades absolutas y totalmente conformadas o invariables que deban ser «enseñadas», transmitidas y solo asimiladas por los individuos.
Son el propio individuo y el grupo social quienes deben descubrir y analizar las bases de la conformación de los valores, «reconstruirlos» y desarrollarlos creativamente en la interacción social.

Esto no significa dejar de considerar los valores y tradiciones propias que constituyan la raíz de la identidad cultural nacional, sino incorporarla bajo el prisma de su análisis universal y promover su enriquecimiento.

Se requiere del debate sobre temas éticos que abarcan una amplia gama de aspectos de la vida social, de las relaciones interpersonales cotidianas, áreas de conflictos del comportamiento moral, de conformación del sentido de identidad personal, cultural, nacional, etc., vinculados a la formación de la dignidad y solidaridad humanas y la integridad de la persona en el contexto de sus situaciones vitales, como elemento promotor de relaciones sociales renovadoras, basado en las raíces culturales nacionales, hacia un orden superior de progreso, justicia social y plenitud humana.

El desarrollo de la persona íntegra apunta a un tipo de ciudadano más capaz de tomar en cuenta el punto de vista de otros, argumentar sus propuestas y sustentar sus decisiones de manera reflexiva y creativa, más cooperativo en la solución conjunta de los problemas y de mayor consistencia moral en su quehacer cotidiano. En consecuencia, este enfoque promueve un tipo de interacción social basada en el respeto mutuo, el razonamiento, la cooperación, la aportación constructiva y la coherencia ética, en los que se despliega en su totalidad la persona como ser humano social.

Ello requiere que se introduzcan enfoques y métodos desarrolladores de personas reflexivas, creativas e íntegras a escala de todos los subsistemas educativos, las instituciones y el sistema social en su totalidad.

En esta línea, un conjunto de aspectos debe ser apuntado, para que sean examinados en lo cotidiano real e imaginario de nuestros problemas sociales y en el plano de los paradigmas de su sustentación, sin lo que cualquier propuesta no pasaría de ser una utopía irrealizable:

La estructura impersonal y las normas de algunas de las instituciones sociales, las relaciones socioclasistas, la interacción social indirecta a través de los medios masivos de comunicación, etc., conforman un cuadro general de influencias en el que la problemática que se debe discutir se expresaría en las tendencias a la autoexpresión y la autorrealización personal posibles que esas relaciones propician y al grado de «enajenación» que provocan o determinan.

Dicho de otra manera, ¿en qué sentido las relaciones sociales constriñen o promueven la libertad y el desarrollo integral de la persona? Terreno polémico, pero inexcusable, que se define a partir de los objetivos de una sociedad más justa y progresiva como aspiración a la que la transformación social debe apuntar.

Esto supondría otra calidad de «participación» responsable, reflexiva y creativa en toda la extensión del proceso de elaboración, toma de decisiones y su control social, en el que descansaría la construcción y realización efectiva y eficiente del proyecto social de nuevo tipo. La verdadera expresión de la identidad nacional y cultural se logra a partir del real compartir de los valores más profundos, construidos y reconstruidos constantemente en un proceso de involucración total y libre de las personas socialmente aportadoras y comprometidas.

La praxis social es formación de sentido y, sobre todo, formación de un sentido personal, anticipación y acción meditada y responsable sobre el lugar y tareas del individuo en la sociedad y su autorrealización personal.

Es por eso que no puede separarse la elaboración de este sentido vital de la dirección que toma la propia vida en la situación real.

Al ser una realidad individualizada la configuración del sentido vital de cada uno y la formación de los proyectos de vida, ¿de qué manera son posibles los intercambios y elaboraciones de estos proyectos en el grupo social y la conformación de proyectos de vida colectivos?

Esto supone la posibilidad de una nueva cultura social, un nuevo modo de realización de las relaciones sociales que haga posible la elaboración de proyectos de vida sustentados reflexivamente, con una coherencia ético-valorativa y abiertos creativamente a nuevas situaciones sociales.

La primera parte trata acerca de algunos problemas de la sociedad y el individuo, la praxis social, las concepciones y la organización social de los procesos educativos formativos de la persona, desde la óptica de la construcción de una ética social para el desarrollo humano social y sus perspectivas actuales de enfrentamiento constructivo. Asimismo, se analizan críticamente diversas fuentes teóricas en las que se sustentan nuestros enfoques y elaboraciones sobre el desarrollo de la sociedad y la persona reflexiva y creativa.

En la segunda parte se explica nuestra conceptualización de la persona social y los fundamentos psicológicos y sociales de nuestro enfoque del desarrollo de proyectos de vida reflexivos y creativos, así como se discuten las aportaciones y limitaciones de varios programas de educación integral para, sobre ese fondo teórico-práctico, presentar nuestra propuesta metodológica para el desarrollo integral de los proyectos de vida.

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