Centro Félix Varela

logoMoral y sociedad:
Una intelección de la moral en la primera mitad del siglo XIX cubano

Autora:Teresa Díaz Canals

 

 

Contenido

Introducción / 11

Capítulo I: Moral y sociedad

Ética y moral. Cuestiones preliminares / 21
Esbozo histórico del pensamiento ético / 29
Algunas categorías éticas necesarias / 40
El bien y el mal / 41
La libertad / 42
El amor / 43
Normas y conflictos morales / 49
El sentido histórico de la moral: de la moral feudal a la burguesa / 56

Capítulo II. Contexto histórico y conformación de la moral emancipadora

Panorama económico, político y moral en los albores del siglo xix cubano / 61
Pedagogía y moral: «Tengamos el magisterio y Cuba será nuestra» / 81
Ciencia y técnica: el fundamento moral de sus orígenes / 85
Moral y esclavitud: «En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro» / 92
Factores humanos de la cubanidad / 102

Capítulo III. Moral y literatura

Los destellos morales en la literatura criolla / 107
Censura y resistencias: las danzas literarias / 117
La relación mujer-moral en la literatura de la época / 123

Conclusiones / 127

Bibliografía / 131

Anexos / 145

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Introducción

Oye mi secreto. Es muy simple.
Lo esencial es invisible para los ojos.
Antoine de Saint-Exupéry
El Principito

«Yo abrazo a todos los que saben amar, yo traigo la estrella, y traigo la paloma en mi corazón.»1 Con estas palabras de José Martí quisiéramos comenzar a exponer las ideas preliminares del presente estudio. Este no comprende el período en que vivió el Maestro, sin embargo, el mayor exponente de nuestro pensamiento ético bebió del paradigma legado por los grandes cubanos que le antecedieron.

La investigación que sometemos a la consideración del lector, es el fruto de varios años de meditación acerca de la teoría ética. Al mismo tiempo, intenta responder, en cierta medida, al llamamiento que hace el destacado intelectual Cintio Vitier en su ensayo Ese sol del mundo moral a construir una eticidad cubana desde nuestros condicionamientos económicos y políticos, desde nuestras tradiciones, desde nuestra praxis y nuestra reflexión.2 Claro que, por razones obvias, constituye una respuesta parcial. Las características de este estudio impiden abarcar todo un siglo, y, además, porque el siglo xix cubano es el siglo de oro de su pensamiento ético. Si de algo nos sirve la historia patria es para hacer revivir, a través de la memoria, el legado ético de los hombres y mujeres que crearon con su vida y su pensamiento la identidad de la nación cubana. Toda esa centuria está impregnada no sólo de una cultura, de una racionalidad impresionante, sino también de un sentimiento que es hoy pilar y orgullo de los que vivimos no sólo aferrados al gusto por el casabe y el plátano frito, sino preocupados por el destino de esta isla.

La importancia de Moral y sociedad: una intelección de la moral en la primera mitad del siglo xix cubano radica, a nuestro modo de ver, en la lectura que se hace desde el ámbito de la filosofía moral de una etapa de la historia de Cuba abundante en transformaciones económicas, sociales e ideológicas, marcadas por su condición de colonia, y donde se manifiesta una disfunción entre el desarrollo de las estructuras económicas y las ideas. Dicha paradoja se refleja en las grandes contradicciones características de la sociedad cubana en este período, y uno de sus ámbitos es la moral. A través de estas páginas podrán encontrar una aproximación a la moralidad en ese complejo contexto histórico.
Para acercarnos al complejo mundo de la moralidad, no basta con conocer los hechos y manifestaciones externas que suceden a lo largo de la historia. Es necesario, si se quiere lograr un análisis de mayor integralidad, tener en cuenta los factores objetivos y subjetivos que no pueden encontrarse distantes unos de otros en cualquier reflexión ética. La mayor aspiración del presente estudio es intentar reconstruir el ambiente espiritual de la época, con el anhelo de aproximarnos un tanto al alma cubana, porque «quien lee los diarios dominantes de la Habana, creerá que todo en la ciudad es pobre de alma, y reparto de robos, y ambición de café y literatura celestina; pero es preciso leer, con los ojos sagaces, el diario que no se publica, el de la virtud que espera, el de la virtud oscura.»3 Esta situación que el Maestro describió con magistral belleza, estuvo presente también en las primeras décadas del siglo xix.

Resulta sorprendente encontrar en ese momento una doble moral o, mejor dicho, dos morales que coexisten. Una de ellas representó el rompimiento con un código pacato, sumiso y siervo, para elevarse a la altura de la nueva identidad que se va conformando y que encontró su consolidación en las gestas libertadoras del 68 y el 95. A esta vertiente de la moral dicotómica la denominaremos moral emancipadora, no sólo por su inclinación al sentimiento patriótico, sino porque conllevaba valores de la sociedad que apuntaron también al mejoramiento de ese ser cubano que se estaba conformando en un proceso complejo, marcado —como señala el profesor Torres Cuevas— por la continuidad y la ruptura y que aún hoy da la sensación de lo incompleto.4

Flaubert indicó: «No son las perlas las que hacen el collar, es el hilo.»5 Encontrar este último representa, en definitiva, hallar lo que es y no otra cosa, como es y no de otro modo. Es dar con la esencia que reviste una u otra apariencia. Exponer la esencia de una moral antitética en la primera mitad de la Cuba decimonónica constituye el hilo conductor de este trabajo.

No es nuestra pretensión hacer la apología de esta etapa de la Cuba colonial, por respeto a la teoría y a la propia historia. Aquellos fundadores no fueron dioses homéricos, pero sí hombres de grandes ideas, con grandes virtudes, aunque capaces —como seres humanos al fin— de desfallecimientos y equivocaciones. Recordar y volver a recordar es un deber de cubanos. La analogía histórica es un instrumento adecuado cuando es aplicada oportunamente y dentro de ciertos límites. Es obvio que cualquier comparación literal o mecánica entre dos períodos de la evolución humana resulta un contrasentido. Cada uno de ellos constituye un fenómeno nuevo y único en el devenir de la historia, porque el contexto y las fuerzas sociales que les dieron lugar fueron diferentes.

El ser humano se encuentra siempre situado en el marco de la historia, de tal forma que su conciencia no tiene la independencia de colocarse frente al pasado como un acto de soberanía, tal vez porque nuestra condición de finitud está marcada de una manera ética por determinadas decisiones de nuestros predecesores. Con otras palabras, no podemos crear determinados valores partiendo de cero. No obstante la historia ser irrepetible, el presente vive de la esperanza que provoca ese pasado; entonces ella constituye un esfuerzo para hacer que no se olvide.

Es difícil aportar algo significativo en las ciencias sociales, aun con un ropaje de análisis riguroso y documentado, incluso con galas de sabiduría. Nuestra responsabilidad se basa primeramente en preguntarnos si tenemos algo que decir en el tema seleccionado. Podríamos caer en la enunciación de un discurso que pretende contribuir al saber en determinada esfera, en este caso, en el campo de la eticidad cubana. Ello puede conducir a emitir una opinión, que según la caracterización platónica presenta un carácter intermedio entre el saber y la ignorancia. Como se ve, los antiguos advirtieron, hace ya mucho tiempo, la falibilidad de los conocimientos humanos.

Hemos intentado apostar por la verdad posible, aunque no todas las interrogantes puedan ser completamente satisfechas. Trabajamos con paciencia para llegar a determinadas conclusiones, pero fuimos incapaces de imaginarnos en un principio que cada idea generaba y requería mayor información. Por estas razones, lo aquí expuesto es una síntesis de un trabajo incompleto, como incompleto será siempre cualquier estudio en el campo de la ética.

Quizá no exista una disciplina más compleja dentro del campo filosófico que la ética. Ella obliga a tener en cuenta una serie de aristas que otras ciencias sociales no registran, o, tal vez, no con la misma intensidad. Tampoco es labor de historiadora la que hago —desgraciadamente no lo soy—, pero cuando se tocan las estrellas es también la hora de las raíces. Con esto quiero decir que es imposible entender un comportamiento de tipo moral si no volvemos la mirada al pasado. Por otra parte, el pasado cubano está grávido de porvenir, de ahí la necesidad y la urgencia de entrelazar pasado y presente; no para hacer renacer tiempos pretéritos, no para vivir con códigos obsoletos, sino para asumir lo que el eterno retorno nos coloca frente al futuro. Nuestra historia explica el fundamento de nuestra cultura; a su vez, nuestra cultura explica las pautas de conducta colectiva del cubano.

No es un trabajo histórico, en tanto el tiempo en el cual evoluciona la realidad moral no es homogéneo y cuantitativo, sino es el tiempo heterogéneo y cualitativo. De ahí la diferencia entre una investigación de tipo histórica y una investigación filosófica de enfoque ético. No vamos a estudiar singularidades sino tipos individualizados, es decir, una cierta generalidad limitada por la individualización.

Aunque podemos encontrar valores comunes en la mayoría de las sociedades, en ocasiones existen fuertes contrastes entre estas, principalmente, en la manera de expresar sus preceptos, principios y valoraciones. Por esta razón, para evaluar la moral de una sociedad específica se hace necesario tener en cuenta el contexto cultural y el significado social vernáculo. De lo contrario, cualquier investigación sobre este tema resultaría una recopilación de simples curiosidades.

Tampoco es labor de erudición lo que pretendemos. La vida moral de una sociedad se manifiesta a través de conductas, pero no podemos detallar al pie de la letra, por razones de espacio, el comportamiento de un país a lo largo de medio siglo. Tal vez esto pudiera integrarse y articularse perfectamente a los estudios que realizan nuestros colegas especialistas en historia social.Es necesario añadir, además, que, desde el punto de vista de la ética, las realizaciones son inferiores a lo que se trata de realizar.

Aunque seleccionamos un espacio de medio siglo, por redondear las cifras, es importante puntualizar que hay dos momentos importantes en el desarrollo de la sociedad en Cuba que marcaron pautas a la evolución moral. Estos son: 1790, porque se inicia un auge económico importante, y 1844, por ser un año trágico de la historia de nuestro país, ahogada en sangre la llamada Conspiración de la Escalera y cortadas las alas de las letras cubanas.
Las especificidades del régimen colonial en Cuba durante la primera mitad del siglo xix produjeron una moral que halló su concreción en dos vertientes: aquella que se reflejaba en forma de antivalores, exponente de una realidad reaccionaria, y, como contrapartida, una moral emancipadora que encarnaba lo más revolucionario, y que, por tanto, expresaba todo un conjunto de valores integradores de una eticidad que contribuyó a la consolidación de la identidad nacional cubana. Debe destacarse que la literatura constituyó un vehículo de expresión de esa nueva moral emancipadora.

La dicotomía moral planteada no significa que una vertiente no esté influenciada por la otra, pues ambas están interpenetradas. En ética no cabe el maniqueísmo, porque en lo humano todo es mestizo. Si nuestra división fuera tajante no hubieran existido hombres, representantes de la moral colonizante, como el obispo Espada, quien hizo mucho por el progreso material y cultural de Cuba. Asimismo, tenemos que tener en cuenta la crítica que hace el padre Varela a aquellos cubanos que sólo se ocupaban de sus cajas de azúcar y sus sacos de café.

Este estudio está estructurado en tres capítulos. En el primero exponemos las diferencias fundamentales entre moral y ética; brindamos un esbozo del pensamiento ético, rompecabezas que en definitiva tiene su hilo conductor; analizamos las diferencias y semejanzas entre las normas morales y de otro tipo como son las jurídicas y religiosas. Para la filosofía abordar una expresión concreta de la moral —en condiciones histórico-concretas—, como fue la cubana en su primer período decimonónico, es imprescindible desarrollar el aparato conceptual que permita un abordaje desde la ciencia filosófica del problema en cuestión. Por esta razón, elegimos algunas categorías éticas que son fundamentales en nuestra investigación: el bien y el mal, por ser básica en la reflexión moral; la libertad, porque además de ser vital en ética, Cuba poseía la condición de colonia en el siglo xix, y se transpiraba su carencia. Seleccionamos el amor, por lo que significó para la simiente de la nacionalidad; por último, señalamos algunas características de la moral en sentido histórico, del sistema feudal al capitalista, en correspondencia con algunos rasgos morales que también se repiten en el espacio criollo de la Cuba colonial.

En el segundo, intentamos sistematizar, apoyándonos en la historia, determinados aspectos o elementos que demuestran la realidad moral en toda su crudeza y en toda su altura; sus grandes contrastes, desgarraduras morales y deformaciones y su contrapartida digna y esperanzadora. En él están presentes, no de manera sistemática y ordenada cronológicamente —como correspondería a una investigación histórica—, algunos hechos concretos, que intentan reflejar esa complicada moral en formación que en definitiva potenció, junto a factores de otro tipo, el nacimiento de la identidad cubana. No analizamos todos los períodos de gobierno que se sucedieron, sino que seleccionamos los que implicaron abiertamente la reafirmación de una anomalía desde el punto de vista moral. Vives, Tacón, O´Donnell son nombres de capitanes generales que se manejaron por la connotación que significó la conducta que asumieron desde sus posiciones de poder. Si en el capítulo primero mencionamos la importancia de la relación entre pedagogía y moral, ya en el segundo nos referimos a la trascendencia de algunos pedagogos en la transmisión de valores a la sociedad cubana en formación. Señalamos los esfuerzos de los criollos por impulsar la ciencia y la técnica en el país y las consecuencias, en condiciones anómalas, del desarrollo capitalista, lo que se traduce en el plano moral en la dicotomía expuesta anteriormente. Por ser la esclavitud un fenómeno que marcó con huellas indelebles la vida nacional, analizamos las consecuencias que trajo desde el punto de vista moral esta forma brutal de explotación; señalamos los factores humanos componentes de esa cubanidad que estaba conformándose en el período.

Corresponde al tercero demostrar, a través de la literatura de la época, el código moral impuesto y el rompimiento con este. En la vida y la obra de algunos autores —Gertrudis Gómez de Avellaneda, José María Heredia, José Jacinto Milanés, el poeta Plácido, el esclavo Manzano, Cirilo Villaverde, Domingo del Monte, Anselmo Suárez y Romero, José María de Cárdenas— están presente estos presupuestos. La literatura sirvió de denuncia, a pesar de la rígida censura, de una época marcada por la falta de libertad. Sobre todo fue un vehículo para algo muy importante en el despertar de una nación: el amor a la patria como elemento esencial no de una forma abstracta, intangible. Determinadas costumbres de la época, como las tertulias, sirvieron de comunicación, de transmisión de una cultura, que fue también un modo de liberación. Escogimos a la Avellaneda, porque en ella podemos resumir las aspiraciones de la mujer no tan sólo de su tiempo, sino del presente. El trauma moral que significó la existencia de la esclavitud se constata en la narrativa de esta época, ineludible tema por la magnitud de sus consecuencias.

Analizamos tanto textos de índole teórica, en cuanto a la filosofía moral se refiere, como de la literatura histórica del período analizado, así como también seleccionamos algunas obras de novelistas y poetas connotados.

En cuanto a la parte específicamente teórica, escogimos autores clásicos del pensamiento ético. Recorrimos sus principales corrientes a lo largo de la historia hasta llegar a la contemporaneidad, tarea compleja por la cantidad de pensadores y tendencias que se mueven en diferentes direcciones. Nos fueron muy útiles los textos consultados de autores como José Luis López Aranguren, Victoria Camps, Adela Cortina, Esperanza Guisán y Fernando Savater. A su vez, encontramos textos de autores de habla inglesa como Peter Singer, quien en su Compendio de ética compiló criterios de académicos de diversas universidades.

Al incursionar en la bibliografía histórica, indagamos las condiciones económicas y políticas de ese período de la historia patria e intentamos seleccionar los aspectos más sobresalientes que incidieron directamente en la conformación de la moral social de esos años. Trabajos paradigmáticos en este sentido fueron, sin dudas, la obra de Manuel Moreno Fraginals El ingenio y la voluminosa producción de nuestro tercer descubridor: Fernando Ortiz.

No fue tarea fácil llegar a conclusiones sobre el estado moral de la Cuba colonial en la primera mitad del siglo decimonónico por cuanto no existe una obra precedente acerca de tal propósito. Hubo autores que se refieren al tema como Francisco Figueras en Cuba y su evolución colonial, con un sabor amargo en su análisis, al subrayar el carácter negativo de forma total, sin apenas resaltar valores surgidos al mismo tiempo en ese período. Resultó útil la información brindada por Raimundo Cabrera en Cuba y sus jueces de 1887.

Se utilizaron relatos de viajeros, que calificaron desde fuera el orden de cosas establecido y costumbres de los habitantes, en algunos casos de manera bastante objetiva.

No podemos dejar de mencionar la caracterización que sobre el carácter cubano se encuentran en estudios de inapreciable valor llevados acabo por el ya mencionado Fernando Ortiz y Jorge Mañach, lo que nos permitió comparar las virtudes y vicios de los cubanos en etapas diferentes y por consiguiente, apreciar la evolución paulatina de eso que llamamos cubanía. Profundizamos y enriquecimos la información inicial que poseíamos a través de trabajos como Los negros curros, Los negros esclavos, El pueblo cubano y Pasado vigente.

Por su análisis abarcador de la complejidad del proceso de formación de la cubanidad, la obra del historiador Eduardo Torres Cuevas ha sido esencial como base y punto de partida de esta investigación. En ella encontramos los hitos del encuentro del cubano consigo mismo y sobre todo la integración de los múltiples factores que intervinieron en él. En este sentido, es importante destacar su trabajo «Patria, pueblo y revolución: conceptos bases para la historia y la cultura en Cuba», donde maneja categorías éticas primordiales en nuestro estudio, así como también nos ha sido muy útil la serie de artículos publicados bajo el título «En busca de la cubanidad» en la revista Debates Americanos por este estimado historiador nuestro. Nos fueron también muy valiosos los aportes hechos por Carmen Barcia desde la óptica de la historia social, por la información que recogimos en sus trabajos y que sólo nos puede brindar el enfoque de esta especialidad.

La novela y la poesía criolla del período analizado sirvieron de base para extraer las aspiraciones, carencias, modos de ser y realidades en un mundo colonizado donde la esclavitud constituyó una nota obligada. Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cecilia Valdés y La joven de la flecha de oro, de Cirilo Villaverde, mostraron las contingencias y el rompimiento con un código moral colonizante; al menos exponer el problema ayudó a reflexionar sobre él. José María Heredia fue el poeta de la independencia, su vida y obra apuntaron hacia una nueva moral movilizativa, contradictoria y espléndida al mismo tiempo.

Todos evidenciaron el vuelo cultural alcanzado y en algunos casos el tema femenino ofreció los cánones de una comunidad colonial y patriarcal. Dentro de la bibliografía pasiva relacionada con la literatura específicamente, fue importante leer el texto de Enrique Sosa La economía en la novela cubana del siglo xix, el cual demuestra cómo la novela de este período refleja en gran medida la vida del siglo y sus valores al trascender la propia índole literaria y penetrar en otras esferas.

Revisamos una amplia bibliografía sobre la época desde otras perspectivas que nos ayudó a adquirir un mayor conocimiento acerca de la espiritualidad, las costumbres y la cultura en general.

Conciliar todo el cúmulo de literatura consultada, para ofrecer determinadas valoraciones, fue una labor harto compleja, por cuanto la ausencia de textos específicos sobre el tema incidió en lo dificultoso de la tarea. Ello obliga a una aproximación preliminar que requiere de una continuación investigativa, por constituir este el primer intento llevado a cabo con esta concepción.

Sirva este examen para empeños mayores en el campo de la eticidad cubana, única vía de contribuir a entender lo que fuimos y lo que somos. Cada vez que surgía un poeta en tiempos de Horacio, este ansiaba que no resultara un ratón. Esperamos que el texto ofrecido tenga la imagen no del ratón y sí de la estrella, la paloma y el corazón martianos.

 

1 José Martí, «Discurso en el Liceo Cubano de Tampa» (también se le conoce como «Por Cuba y para Cuba», 26 de noviembre de 1891. En: José Martí, ideas políticas y sociales, t. 2. Nuevo Mundo, La Habana, 1960, p. 33
2 Véase Cintio Vitier, Ese sol del mundo moral. Unión, La Habana, 1995, p. 8.
3 José Martí, «El alma cubana.» Obras completas, t. 5. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 15.
4 Véase Eduardo Torres Cuevas, «En busca de la cubanidad» (III). Debates Americanos [La Habana], no. 3, enero-junio, 1997, pp. 3, 10.
5 La frase de Flaubert aparece citada por Mirta Aguirre en El romanticismo de Rousseau a Víctor Hugo (Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1960, p. 33). Gustavo Flaubert (1821-1880), romántico por temperamento, autor de Madame Bobary.

 

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Conclusiones

Sin una renovación moral de la sociedad es inconcebible cualquier revolución social. Lo que se dio en Cuba fue un proceso de formación de una moral que sentó las bases para intentar subvertir el orden establecido a partir de 1868. Una nación perdona el daño que se hace a sus intereses, nunca el que se hace a su honor. Sin embargo, un análisis del tipo que estamos planteando requiere tener en cuenta los matices que presenta la historia, porque no hacerlo sería negar lo que somos. El dolor no procrea verdades; tal vez permita que los ojos puedan percibirlas. Los caballeros y damas que lucharon contra el dolor son los grandes antepasados que nos legaron aquello que todavía es realizable.

Si la verdadera cubanía no surgió tan sólo del gusto por el casabe y el plátano frito sino, además de eso, por la preocupación ante los destinos primero de la patria local, después por esta como país y, finalmente, a partir de los años 60 del xix, por la nación, fue precisamente por los valores morales que se fueron formando a través de su historia.
En todo poder hay resistencias. Ellas permitieron, en medio del caos moral, la creación de las bases de la nación cubana. Dichas resistencias permanecen en toda la extensión de las relaciones de poder (en ellas, frente a ellas y al margen de ellas). Fueron necesarias, salvajes, solitarias, violentas, concertadas, interesadas, sublimadas. Crearon determinados tipos de comportamiento. Sólo en la segunda mitad del xix la resistencia se hizo radical y masiva expresada a través de un movimiento de liberación que tuvo carácter permanente. Antes fue móvil y transitoria, abrió surcos en los individuos. La codificación estratégica de esos puntos de resistencia permitió el estallido revolucionario.

La experiencia moral que analizamos en el presente estudio, con sus grandes tragedias (léase esclavitud, carencia de libertad, por sólo mencionar dos problemas que afectan la moral de la época), fue también una constante sublevación del espíritu: sublevación contra esa realidad en nombre del porvenir, sublevación contra los objetivos inmediatos en nombre de los fines, de los deberes, de la libertad creadora. El 68 en Cuba es el fruto de un proceso de pensar y repensar la realidad y de sentir que las salidas reformistas se cerraban. A él le antecede una sublevación, una negación de la realidad moral vivida e impuesta de forma implícita.

La actitud de muchos cubanos en la etapa analizada impide hablar de una desmoralización total de la sociedad criolla. Una persona desmoralizada es un sujeto sin deseos de hacer nada, sin esperanzas, sin ilusiones ni perspectivas en la vida. Por unas razones u otras muchos criollos, a pesar de las difíciles condiciones que el status colonial imponía, trazaron sus proyectos de existencia. Sus conductas se estructuraron a partir de la arcilla que eran ellos mismos. Muchos legaron lo mejor de sí a las generaciones que en la segunda mitad del siglo hicieron posible la consolidación de la nacionalidad cubana. Fueron, a pesar de todo, hombres y mujeres autónomos, base esencial de la moralidad.

Para entender los fundamentos éticos de una cultura sustentada en una base económica deforme y un sistema político autoritario, es importante concebirlos como una cultura, y por tanto, con una moral de resistencia, y más que una moral de resistencia una moral emancipadora, que creó y a la vez conservó un patrimonio.

La grandeza de los cubanos formadores de conciencia de la primera mitad del siglo decimonónico está en que no se preguntaron si valía la pena trabajar en tal empeño en un país que estaba lejos aún de saber su futuro. Trabajaron para el mejoramiento humano de esa sociedad, porque él es en definitiva la base de la verdadera libertad.

Esos hombres y mujeres no surgieron por generación espontánea, son eslabones de una cadena, que dependieron de una cultura recibida y de un ambiente de valores y antivalores. Ellos supieron discernir los primeros, elevándolos y fijándolos con características fundacionales.

La reflexión moral de los criollos de la primera mitad de la centuria decimonónica no refleja una dualidad, sino la unidad razón-pasión. La eticidad de los padres fundadores no consistió en una mera narración de conceptos, sino en la creación de una filosofía poética, cargada de mitos, de símbolos, por la presencia de la pasión. Por eso fue una filosofía moral inspiradora, fecundante.

Frente a la realidad reaccionaria e inmoral del siglo xix estaba también la realidad revolucionaria y moral del siglo xix. La existencia de un discurso que producía poder y lo reforzaba, exponente de la dominación colonial y, al mismo tiempo, el surgimiento de otro que empieza a minar ese poder, a tornarlo frágil, muestran, por tanto, una moral social plena de conflictos y contradicciones. La capacidad del criollo de seleccionar —en ese discurso de resistencia— de acuerdo con una escala de valores que él mismo asumió, creó y modificó, hizo posible también el nacimiento de una eticidad que ayudó a perfilar y conformar una identidad nacional.

Las palabras forman siempre un esquema de los pensamientos. La realidad —cubana en este caso— supera esa expresión porque siempre es exuberante, siempre es mucho más de lo que de ella podemos decir. Lo que pretendió este enfoque desde el punto de vista de la ética es recuperar el sentido de la riqueza de Cuba, esta visión permite pensar en lo que fue esa realidad y al mismo tiempo disfrutarla, sentirla.

Sin duda alguna, ya desde el período analizado de la Cuba colonial se produce un proceso de extrañamiento en las elites criollas, entendido este como algo ajeno, no como algo que se aleja y produce nostalgia, sino como una fuerza extraña a la sociedad. Esa extrañeza la va sintiendo el nativo con mayor profundidad: lo español va saliendo de sus entrañas, no su legado cultural, sino la relación de poder. Este distanciamiento no fue pasivo sino activo.

La inmensidad y la utilidad estuvieron presentes en la obra literaria del período examinado. Lo estético adquirió una dimensión moral por el hecho de haber servido a la libertad, al amor, a la patria, al mejoramiento humano. Sin hacer una apología a ultranza, sin encasillar de manera arbitraria a todos los escritores y poetas de este tiempo, sostengo que los románticos cubanos en general no reflejaron simplemente un estado de cosas injusto. Rompieron con un código moral impuesto, con sus obras y con sus propias vidas. Por estas razones no fueron moralistas en el sentido de predicar virtudes y condenar vicios. Se convirtieron a través del costumbrismo en descriptores de la realidad moral y en agentes de su dinamismo social.

A través del arte, novelistas y poetas fundamentaron el «imperativo de la disidencia», mediante el cual dijeron «no» a una situación donde prevalecían la indignidad y la falta de libertad.

Si a la autora del presente estudio le preguntaran acerca del valor de esta propuesta, respondería, parafraseando a Lessing, que la verdad no radica en lo que una persona posea o crea poseer, sino en el sincero afán que haya puesto en conocerla. Esto es lo que constituye su valor humano, pues no es a través de la perfección, sino de la investigación de la verdad que se amplían sus fuerzas, en las que radica su creciente autenticidad. Es con esta visión que desarrollamos tal proyecto. Aspiramos a que lo esencial que queríamos demostrar, se halla hecho un tanto visible a los ojos.

 

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