Ver claro en lo oscuro: Autora: Teresa Díaz Canalas
Prólogo (La invención del civismo) [Dra. Victoria Camps] |
| A manera de conclusiones |
| Razones para aprender a "Ver claro en lo oscuro" [Dra. Dolores Vila Blanco] (palabras de presentación del libro en la FIL Habana 2004) |
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Civismo y cubanía en el siglo del viento Luces y sombras del progreso moral Cultura y prostitución: una solución posible La soledad femenina y la redimensión del amor De eso no se habla: lo cívico y el trabajo doméstico Sobre el mimetismo social o la moral del camaleón Bibliografía |
La tarea de forjar un país y construir una sociedad tiene que ver, sin duda, con las instituciones políticas que establecen un marco de referencia, unas garantías procedimentales, una estructura jurídica que protege los derechos fundamentales. Pero también tiene que ver con el carácter de las personas y con la autocomprensión de las mismas como ciudadanos. La teoría moral contemporánea se está decantando cada vez más hacia este último aspecto, un aspecto que fue ignorado o preterido por las teorías más racionalistas o ilustradas. No basta un régimen democrático para hacer buenos ciudadanos, aunque sin duda la democracia ayuda. Las sociedades economizadas y globalizadas, que dinamizan el bienestar pero a la vez producen enormes desigualdades, miserias y marginaciones, precisan de ciudadanos dispuestos a cooperar en la construcción de un mundo más justo, más solidario y más humano. La inmersión en la vorágine de la producción y el consumo sin freno que la modernización y el desarrollo económico requieren no siempre van acompañados de un progreso moral.
El libro de Teresa Díaz Canals viene a abonar dicha perspectiva. El progreso es un concepto moral y el libro en cuestión trata de civismo, o sea, de moral. Una de las convicciones que su autora defiende explícitamente, y que implícitamente sostiene todo el libro, es la de que el progreso económico no siempre va acompañado de un progreso moral. No hace falta ser partícipe de ideologías izquierdistas para temerlo. Es algo que cualquier liberal mínimamente lúcido y plenamente integrado en la economía de mercado suscribiría. Llamamos civilización y progreso a algo que presenta más de un aspecto difícilmente aceptable desde una ética de mínimos, es decir, una ética que predica la justicia, la convivencia, el respeto mutuo, la solidaridad.
Es esa moral de mínimos la que este libro se propone reconstruir. Una moral no derivada de grandes principios ni de situaciones contrafácticas, sino una moral centrada en lo que ha venido en llamarse «civismo» o «cultura cívica». Es algo similar a la moral aristotélica de las virtudes, la moral destinada a formar el ethos de las personas, a transformarlas desde dentro de sí mismas, por la vía de la educación. Es una moral, dicho de otra forma y apelando a otras tradiciones, más cercana a la «eticidad»” de Hegel, que a los imperativos categóricos de Kant. La necesidad de recuperar esa concepción original de la moral —el ethos de las virtudes— ha dado lugar en nuestro tiempo a teorías filosóficas como el comunitarismo o el republicanismo. Concepciones todas ellas críticas de un pensamiento liberal que se ha mostrado incapaz de conseguir ciudadanos que merezcan el nombre de tales, es decir, ciudadanos dispuestos a participar y a interesarse por los problemas comunes de la sociedad.
El viaje que emprende Teresa Díaz Canals en la búsqueda de las virtudes cívicas que deberían forjar la conciencia cubana tiene algo que ver con esas nuevas corrientes del pensamiento, aunque Díaz Canals no se refiere a ellas, entre otras cosas, porque sus fuentes y sus aficiones son otras. Sus fuentes están más en la literatura que en la filosofía. Efectivamente, lo que ella busca son las raíces cubanas del civismo. Dicho de otra forma y con palabras extraídas del libro, se trata de «defender la Cuba auténtica, aquella que nos legaron los cubanos más preclaros». En el siglo xix cubano, con la revolución que lleva a la independencia, se forja una nacionalidad que rechaza todos los vicios amparados por los códigos impuestos por los dominadores. Códigos en los que prevalece la indignidad y la falta de libertad. El rompimiento de los padres fundadores con las estructuras heredadas, que consagran el racismo, la alienación, la violencia, el hambre y la corrupción, constituye el impulso y los fundamentos de una identidad nacional que será al mismo tiempo una identidad moral. Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Francisco Frías, Fernando Ortiz, José Lezama Lima son sólo algunos de los nombres en cuya obra bucea la erudición de Teresa Díaz Canalscon el fin de encontrar las raíces del yo y del nosotros cubanos.
La empresa es arriesgada, pues los nacionalismos no siempre han sido ejemplos de buen hacer cívico o moral. La moral de Occidente es una moral del individuo y de las libertades individuales. Los derechos humanos son derechos individuales, destinados a proteger a cada cual de los abusos de los poderosos o de intervenciones ilegítimas. Identificar la moral con el «espíritu del pueblo» fue una tesis romántica de nefandas consecuencias. Pero no es eso lo que se defiende aquí. No es el sentimiento nacionalista, patriótico y anulador de voluntades singulares lo que se busca como fuente del civismo, sino la idea de que forjar un país es imposible si al mismo tiempo no se pretende forjar el carácter de las personas que lo habitan. Es una moral revolucionaria y emancipadora la que se propone formar la conciencia del país, como queda reflejado en los textos apasionados de quienes ayudaron a dar cuerpo a la identidad moral cubana.
Textos apasionados, conviene resaltarlo, pues ese es uno de los motivos que lleva a Teresa Díaz Canals a recurrir al arte, a la poesía y no sólo a la filosofía. La búsqueda tiene sentido, pues hemos dicho que se trata de reconstruir la eticidad, no la moral abstracta. La eticidad, las costumbres, son concretas y se encuentran en el lenguaje, en los caracteres tragicómicos, en el mestizaje que expresan la realidad de lo cubano. O en eso «real maravilloso» que designa asimismo el ser específico de Cuba. Hay que hurgar en la conciencia cubana para extraer de ella los valores cívicos que luego habrá que exigir. Si los textos comentados son filosofía, se trata de una filosofía «cargada de poética», llena de pasión, que no es poca cosa. Como Hume supo ver muy bien, no es la razón, sino la pasión el origen de la moral, porque las pasiones y no la razón son lo que mueve al mundo. Como dice bellamente el título del libro, es un «laberinto poético» el que nos va revelando lo que sea y deba ser el civismo en Cuba.
Una moral cívica tendrá que combatir realidades concretas que son el reverso de lo que la sociedad debería ser. De la misma forma que los padres fundadores de la nación cubana lucharon contra un mundo moralmente podrido y enfermo, Teresa Díaz Canals se enfrenta sucesivamente a tres problemas que empañan en la actualidad el proyecto cívico. El primero de ellos es la prostitución. La explosión de la prostitución en Cuba no tiene explicaciones distintas de las que tiene el fenómeno en cualquier sociedad liberal, con bolsas de marginación y pobreza. Pocas mujeres venden su cuerpo voluntariamente o por placer, sino que lo hacen acuciadas por la necesidad o el hambre. Nuestra autora, sin embargo, tiene la clarividencia de llamar la atención sobre una teoría errónea, que es la de Engels, según la cual la prostitución debería desaparecer en el tránsito a un nuevo orden social. En descargo de la tesis de Engels cabría decir que quizá el nuevo orden social cubano no es exactamente el que vislumbraba el pensador marxista. Sea como sea, lo cierto es que los cambios políticos por radicales que sean, por sí solos no transforman la naturaleza humana ni tienen propiedades terapéuticas que regeneren a las personas. La prostitución seguirá existiendo donde haya miseria y desigualdad. Y donde —también hay que decirlo— no se vean reconocidos los valores morales básicos.
La reflexión sobre el civismo lleva, a continuación, a la autora de este libro a tratar un segundo problema conectado con el anterior: las insuficiencias de la revolución de la mujer. También, en este caso, hay que reconocer que los cambios sociales y políticos no cambian por sí solos a los hombres ni su relación con las mujeres. La violencia de género, in crescendo en las sociedades que se consideran más avanzadas, lo pone de manifiesto. Creo, por lo demás, que es interesante y adecuado que el civismo no se limite a consideraciones referidas a la vida pública. También la vida privada precisa el desarrollo de valores cívicos. No se trata de apoyar una ética exclusiva de las mujeres, explicita la autora evitando caer en los desmanes de un cierto feminismo de la diferencia, sino «un acercamiento a un proyecto cívico universal que se oponga a los presupuestos ideológicos de las diferentes éticas a lo largo de la historia del pensamiento filosófico y político, donde como todos sabemos, ha predominado lo patriarcal».
El tercer problema que destaca el libro es el de la doble moral, la hipocresía moral de nuestras sociedades y, en particular, de la vida política. La «moral del camaleón» es la expresión más evidente de la falta de civismo, puesto que pone de manifiesto la vaciedad de los valores, la mera existencia de los mismos como palabras sin contenido, no interiorizadas ni íntimamente aceptadas. Sin duda, los maestros de moral que han servido de guía a la autora de este libro quisieron combatir por encima de todo esa moral que es pura apariencia y que sólo encubre deficientemente una realidad putrefacta.
Pese a que el concepto de patria me gusta cada vez menos, reconozco que hay un patriotismo sano y necesario, y de él hace gala Teresa Díaz Canals en este libro, a partir de dos actitudes que considero básicas como punto de partida ético. Cree, por una parte, que es posible transformar la realidad cubana desde dentro, sin abandonarla, y sin sucumbir a ese «progreso» que —como decía más arriba— no significa un progreso moral. Por otra, no cae en la tentación fácil de achacar sólo a factores externos, como el bloqueo de los Estados Unidos, la crisis política y económica en que se encuentra Cuba. Los gusanos están dentro y también tiene que estar ahí el poder de exterminarlos, porque, dice parafraseando a Aristóteles, la virtud está en potencia en nosotros. Sólo desde convicciones como estas podemos abordar en serio la tarea del civismo como algo que debe transformar la realidad desde la identidad que se ha ido construyendo a lo largo del tiempo. En la oscuridad del presente, Teresa Díaz Canals se propone «ver claro». La mueve la voluntad de que Cuba no sea «una improvisación, sino el reflejo de un orden social maduro y responsable».
Victoria Camps
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Fito Páez
(Yo vengo a ofrecer mi corazón)
En todos los tiempos, las personas que se han dedicado a escribir de alguna manera reflejan sus circunstancias, unos abiertamente, otros de manera indirecta. En este caso, he tomado algunas vivencias y experiencias de estos últimos años como punto de partida. Por sí solas ellas no tienen la iniciativa, pues lo real responde en tanto se le interrogue.
Estos ensayos constituyen el fruto de una reflexión de diversos aspectos acerca de la cultura cívica en la Cuba actual. Uno de ellos fue escrito aproximadamente en el año 1995, en medio de una de las mayores crisis económicas que ha afectado a nuestro país en toda su historia. A partir de entonces, esta situación conllevó, en lo personal, repasar de nuevo determinadas ideas que tenía dadas por inmutables sobre nuestra sociedad. Unido a ello está la necesidad de pensar y explicarme a mí misma la realidad que nos rodea, la cual —por evidente— muchas veces no se clarifica en palabras. Aparece en determinadas ocasiones informulada, interior. Se presenta lo imperativo dialógico como constancia de siempre decir algo, para no sentir solamente el ruido de las aves al volar o el lejano brillo de los astros. Tal vez porque la palabra escrita es una forma de escuchar la voz humana —¡y a veces de qué manera!
Claro que estos trabajos están limitados por la subjetividad de la autora, pero si algo tienen de válido, es que he tratado de escribir con sinceridad, robándole el tiempo a lo cotidiano, a la preparación docente, a los reclamos colectivos. A veces con el insomnio a cuestas, fabricando razonamientos e ideas y convirtiéndolos en despuntes prioritarios. Todo se ha impregnado para mí de esa exigencia. Al final advertí que por mucho que buscara en los libros, la propia vida los desborda, no cabe entera en ellos. Entre otras cosas, pude porque estoy sumergida en este mundo. Ninguna precisión consigue entregar la perfección del error cometido en el proceso del conocimiento.
A esta temática del civismo le pasa como a Tebas la de las cien puertas. Es posible acceder a ella desde más de un lugar y descubrir en cada incursión un aspecto que nos haya pasado inadvertido con anterioridad.
En medio de la preparación de los escritos siguientes, tuve la oportunidad de discutir uno de ellos con un grupo de estudiantes de la Maestría en Filosofía. Una de las maestrantes me solicitó que lo ampliara más. Sobre esta petición, es importante traer a colación la imaginación ética, la cual no se puede expresar enteramente. En este sentido, para Wittgenstein, en su primera etapa, la moral era indecible. Su modo de expresión era el silencio. Él le escribió a su amigo Von Ficker que de las dos partes de la que constaría el Tractatus, la escrita y la no escrita, es esta segunda, la más importante. Con otras palabras, Wittgenstein creía que todo lo que realmente importa en la vida humana es precisamente aquello sobre lo que debemos guardar silencio. Porque la ética se muestra y lo que se puede mostrar, no puede decirse.
Siguiendo la línea wittgensteiniana, puedo afirmar que aunque hay cuestiones que no se digan están ahí, a pesar de haber sido para mí inexpresables, por la simple razón de que se mostraban a sí mismas. Del mismo modo, Walt Whitman a través de su poesía reflejó esta idea:
Juro que veo qué es mejor que expresar lo mejor,
y es dejar siempre lo mejor sin expresión.
Cuando me propongo expresar lo mejor, encuentro
[que no puedo hacerlo.
Lo mejor de la tierra no puede expresarse de ningún modo,
[toda ella o cualquier parte de ella es lo mejor1
La realidad que nos hace cada día no es enteramente la de papel. En ella están toda la tragedia y la felicidad unidas; la tristeza y la alegría; lo horrible y lo bello; por lo que, le he tenido que pedir un tanto a la imaginación, al no encontrar los recursos suficientes para enfrentar y hacer creíble nuestra vida. Y es que el secreto del civismo está en su eternidad, no en sus palabras. Podemos mencionarlo o aludirlo, pero no enteramente expresarlo.
Anticipando acontecimientos o quizá adivinando las posibles valoraciones, estoy casi segura de que algunas ideas aquí expresadas unos las calificarán como tímidas, otros como muy fuertes, según las propias circunstancias y posiciones de cada cual. Confieso que estas posibles críticas se perderán en el tiempo, pues estas letras no pretenden tener filo, ni herir a nadie. Es un punto de vista sobre algo que exige una mayor maduración en su devenir como pensamiento. Es el intento de contribuir a una discusión en el campo de las ciencias sociales sobre un fenómeno cubano, no más. Es razón y emoción, no obra perfecta, ni planteo fundador. Prolongación y avidez de conocimiento.
El presente texto, en gran parte tiene como antecedente lo estudiado para la elaboración de un libro anterior,2 en el cual incursioné en la moral de la primera mitad del siglo XIX cubano. Por supuesto, no es continuación ni mucho menos del primero, pero sí son desprendimientos. En el mencionado texto expresé que el pasado cubano está grávido de porvenir. Quizá sea este entonces un parto del otro. Tal vez porque, al igual que hoy, esa gente también comió guayabas, bebió vinos, amó y soñó de igual y de distintas maneras.
Al pensar en la relación entre cultura cívica y vida cotidiana en Cuba, en los momentos por los que atraviesa dicha relación, y siempre desde el ámbito de la ética, he visto su sedimento allá, en ese siglo fundacional nuestro. Al menos, para poder comprendernos un tanto mejor, es bueno examinar las raíces. Por tanto, este sería un análisis contemporáneo de algo que iniciamos hace algún tiempo.
Si bien son varios análisis aparentemente diversos, las distintas partes de la investigación tienen un hilo conductor: ¿cómo reflexionar sobre el estado del civismo en Cuba? Teniendo en cuenta que últimamente hay dos vertientes que se proyectan al respecto, ambas con un enfoque maniqueísta que infunden cierta preocupación. De una parte, la exageración del estado moral de la sociedad al calificarlo de excelente. La otra es la que plantea la existencia de una crisis moral en toda la sociedad, de una pérdida de valores absoluta y una decadencia espiritual total.
Una de las intenciones de este estudio es, precisamente, asumir lo anteriormente expresado de manera crítica y ponderar los conflictos que se están dando y unir la preocupación, la incertidumbre, hasta el miedo, con la esperanza. No es posible enfrentar la vida cubana actual sólo en su faz trágica. Lo cubano no nos lo permitiría, desde su más profunda autenticidad, desde su propia sonoridad, porque lo cubano es también risa, humor criollo, fiesta, baile, música.
Tal vez no sean las actitudes y comportamientos lo que constituya el problema en sí. Más bien me inclino a creer que la indiferencia ante muchos de ellos es lo que crea el malestar. En vez de disfunciones explícitas, lo que se refleja es una especie de sentimiento de que algo no está funcionando bien, aunque dicho malestar no sea generalizado, porque lógicamente no todos los ciudadanos lo sienten. Asimismo, es un intento de eliminar en el tema del civismo cubano actual el velo del «fatalismo ruso» que hacía que el soldado de esta nación, al resultarle demasiado fuerte la campaña en la que participaba, terminara tendido en la nieve. Actitud que se convierte en símbolo de la derrota anticipada, en la aceptación fatalista de que ya no existe la posibilidad de hacer algo, sin tan siquiera intentarlo.
Contribuir a pensar este problema con otro enfoque, de otra manera, sin sujeciones ni estereotipos, es nuestro propósito fundamental. Necesitamos llegar a tener una cultura superior, que propicie una sociedad civil pensante, que implique una capacidad crítica, para apropiarnos de esos valores que nos brindaron los padres fundadores, para adecuarnos a una manera de decir y hacer contemporánea universal, sin olvidar las raíces, pero que nos mejore cada día, desde la más superficial cotidianidad hasta la más intensa abstracción intelectual cubana. Uniendo el pensamiento fuerte al supuestamente débil, lo perfecto con lo supuestamente imperfecto, es decir, tratando de descifrar un tanto el enigma de nuestra cubanía.
No debemos y no podemos de ninguna manera evadir la responsabilidad que nos llega siempre, en todos los tiempos, porque resulta imposible eludirla. Ningún pueblo puede hacer esto. Decir «Me voy» —la solución que ante las dificultades presentes vislumbran muchos cubanos— es intentar dejar de estar, pero en definitiva significa una forma diferente de reconectarse. Nadie puede irse definitivamente de Cuba, es como un destino fatal que nos persigue. Marginarse es otra modalidad de estar presente. Inevitablemente, tenemos que re-pensar otra realidad con una visión de civismo, de interrelacionarnos todos de manera civilizada para el bien de todos.
Rescatar y unir estas ideas es aprovechar una ocasión como posibilidad en medio de una libertad a la manera sartreana, para intentar mostrar nuestras existencias y volver a mirar pensando que la vida humana no empieza del otro lado de la desesperación, sino del lado de allá de la esperanza. Ello representaría brindar modestamente un enfoque ético a la cuestión de la cultura cívica en Cuba. Cada una de las partes tienen algo en común: el entrelazamiento civismo-cubanía. Lo cívico como elemento esencial, la relación de los cubanos con otros y consigo mismos.
He utilizado una variada bibliografía, tanto cubana como foránea, que me ha aportado un soporte teórico y una reflexión más singular acerca de nuestros comportamientos.
Es obvia la influencia que he tenido, de manera directa, del estilo y el pensamiento ético de uno de los grandes de la literatura cubana y universal: José Lezama Lima. Al punto de que el inicio del título, Ver claro en lo oscuro, es una frase tomada de su novela Paradiso. He pensado en otros títulos y no hay manera de cambiarlo, es ese y no otro. George Moore y James Joyce incorporaron a sus obras sentencias ajenas. Oscar Wilde acostumbraba a brindar argumentos para que otros los realizaran. El arte de escribir adquiere entonces un sentido impersonal. Otra motivación que me ha movido también es rendirle homenaje al gestor de Orígenes.
Así como inserté a Lezama por su visión espiritual y trascendente de la Isla, también tuve en cuenta un primer acercamiento a la reflexión piñeriana de la vida cubana, a la posición que incluye el lado oscuro del corazón criollo, la monotonía, los olores, la indiferencia, lo irrepresentable, los demonios. A esa otra Isla que se comenta en secreto, la del sujeto social no sólo ya choteador, sino indisciplinado frente a las normas que rigen o no logran regir su conducta.
Indagué en algunos textos que me sirvieron como norte en el extraordinario mundo de la teoría ética y los complementé también con otras fuentes, ya fueran históricas o literarias, para intentar encontrar esencias de una problemática apenas esbozada. Como quiera, mis planteamientos no constituyen conclusiones definitivas, sino expresiones abiertas, listas para el debate y sobre todo para el encuentro.
1 Walt Whitman. Contra tu pecho desnudo. La Habana, Editorial Gente Nueva, 1998, p. 108.
2 Teresa Díaz Canals. Moral y sociedad: una intelección de la moral en la primera mitad del siglo XIX cubano. La Habana, Publicaciones Acuario, 2002.
Me ha resultado siempre difícil elaborar conclusiones definitivas, lo que mis estudiantes —a veces, o casi siempre esperando que diga la última palabra— por lo general no entienden. Me justifico, porque en ética hay explicaciones para todo o casi todo, por la impresión que tengo (algo un tanto pretencioso de mi parte) de poseer un espíritu dado lo filosófico. No obstante, voy a intentar resumir, sin repetir el contenido de los ensayos anteriores, con la intención de que estos planteamientos sirvan de puntos cruciales sobre el tema que hemos estado reflejando en cada uno de los trabajos.