
Transgénicos: ¿Qué se gana? ¿Qué se pierde?Compiladores: Fernando Rafael Funes-Monzote y Eduardo Francisco Freyre Roach
Autores: Silvia Ribeiro, Eduardo Freyre, Mayling Chang, Carlos J. Delgado, José R. Acosta, Fernando R. Funes, Ramón Montano, Armando Nova, Luis L. Vázquez, Lianne Fernández, Zoila M. Fundora, Alfredo Abuín, Carmen Porrata, Mae-Wan Ho, Miguel A. Altieri, Peter Rosset, Julia Wright.
ISBN: 978-959-7071-64-8
Págs: 320
Tamaño: 23 x 16 cm
Tirada: 1000 ejs.
Año: 2009
Edición científica al cuidado de Fernando R. Funes-Monzote
Edición y corrección:
Claudia Álvarez Delgado y Reinier Pérez-Hernández
Diseño de cubierta: Amaury Rivera Rodríguez
Diagramación: Leopoldo Mesa
Coordinación editorial: Carlos F. Melián López
La edición de este libro ha sido posible gracias al apoyo del Programa OXFAM en Cuba y la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas para América Latina (RAP-AL).
| Presentación en la FIL Habana 2010 (Debate) |
| Palabras del Dr. Carlos Borroto en la presentación |
| Palabras del Dr. Carlos Delgado en la presentación |
| Reseña por Dr. Jorge Luis Fontenla, Sociedad Cubana de Zoología |
| Prefacio |
| Prólogo. Luces y sombras de los transgénicos en Cuba [Dra. Silvia Ribeiro] (fragmentos) |
| Epílogo. ¿Por qué desarrollar cultivos transgénicos en Cuba? [Dr. Peter Roset] (fragmentos) |
| Sobre el tema visite el blog: el aguacero donde aparecen referencias a artículos publicados en Rebelión, Juventud Rebelde y El economista de Cuba |
Prefacio Silvia Ribeiro. Prólogo. Luces y sombras de los transgénicos en Cuba Primera PARTE
Segunda PARTE
Epílogo: Peter Rosset. ¿Por qué desarrollar cultivos transgénicos en Cuba? Sobre los compiladores Apéndice: Resolución 180/07. «Reglamento para el otorgamiento de la autorización de seguridad biológica» [fragmento] |
Transcripción de las palabras pronunciadas por el Dr. Fernando R. Funes-Monzote, agroecólogo investigador de la Universidad de Matanzas, el jueves 18 de febrero de 2010 en la Sala Carlos J. Finlay (2:30 pm) en San Carlos de La Cabaña, La Habana, en ocasión de la presentación del libro en el marco de la 19a Feria Internacional del Libro Cuba 2010.
Bueno, y a mí me ha tocado el reto, el compromiso y el privilegio también, de presentar el libro “Transgénicos ¿Qué se gana? ¿Qué se pierde? Textos para un debate en Cuba”.
Este libro fue compilado por el que les habla, Fernando Funes-Monzote, yo soy investigador, agrónomo, graduado de agronomía, y agroecólogo, trabajo en la Estación Experimental de Pastos y Forrajes “Indio Hatuey”, con Eduardo Freyre Roach, que lamentablemente no está con nosotros aquí en este momento, está en un lugar bastante lejos de aquí, en Hong Kong, con su esposa, que fue un tiempo por allá. El nos mandó un mensaje y un saludo a todos los presentes, y también una satisfacción tremenda porque está celebrando los días del nuevo año chino, y dice que hay unas celebraciones y un ambiente buenísimo por allá.
Es un privilegio también compartir este libro y haber sido coordinador de un grupo excepcional de autores, muchos de los cuales están aquí, yo creo que como la mitad, más o menos. Entre ellos están los doctores Carlos Delgado y José Acosta que me acompañan aquí en la mesa, también está Lianne Fernández del Instituto de Investigaciones Fundamentales de Agricultura Tropical. También el doctor en medicina Alfredo Abuín, la doctora Carmen Porrata, el máster Ramón Montano, el doctor Luis Vásquez. Y yo creo que no se me queda ninguno de los autores que están aquí. Si se me queda alguno, que levante la mano. Yo creo que no.
Entonces, además de ellos, tenemos otros autores, como el propio Freyre y Mayling, que hicieron aportes considerables al libro. También entre los autores cubanos Armando Nova, doctor en ciencias económicas de la Universidad de La Habana.
También dentro de los autores, —estoy haciendo abuso de la memoria—, tenemos varios autores extranjeros, porque el libro se divide en dos partes, una parte de autores cubanos y una parte de autores extranjeros.
Tuvimos el privilegio de que la doctora Silvia Ribeiro, activista del Grupo ETC (Erosión, Tecnología y Conservación) hizo el prólogo del libro. También el doctor Miguel Altieri de la Universidad de Berkeley en California y connotado agro ecólogo, muy conocido a nivel mundial. El doctor Peter Rosset, que ha estado vinculado y acompañando desde sus inicios el movimiento de agricultura orgánica en Cuba. La doctora Julia Wright, de Inglaterra, que hizo su doctorado precisamente sobre temas de Cuba. Y Mae-Wan Ho, que es una activista inglesa en el tema de los transgénicos.
Me parece que no se me queda ninguno. Junto con Lianne Fernández, la doctora Zoila Fundora. Y bueno ahí están, un grupo de autores, son diecisiete autores en total, tenemos diez capítulos de autores cubanos, cinco capítulos de autores extranjeros, un prólogo y un epílogo.
Yo creo que todos los que están presentes coincidirán conmigo con que esta es una obra que tiene un potencial grande de ser polémica. El tema de los transgénicos, no en Cuba que es muy reciente, sino en el mundo entero, desde su aparición, a finales de los años ochenta, ha suscitado numerosas dudas, numerosos cuestionamientos, dentro del campo de la bioética precisamente, del campo de la ecología, del campo de la economía, del desarrollo social. Esta tecnología que transforma a los organismos, modifica los organismos insertándoles algunas características que los distinguen de otros organismos de su propia familia o especie, o incluso que los diferencia… que hace unir los dos reinos, el reino animal y el reino vegetal, y que rompe las barreras de lo que habíamos conocido como la vida hasta este momento, lógicamente trae una serie de cuestionamientos, de preguntas.
Este es el ánimo del libro que estamos presentando hoy. Y bueno, como ustedes ven yo estoy haciendo un doble papel de presentador y de explicar la obra. Fue un poco difícil encontrar un presentador. Y también el hecho de que el libro salió ayer, y todavía no estábamos seguros de que esta presentación iba a tener efecto así como felizmente lo tiene.
Bueno, el caso es que el año pasado… hace alrededor de diez años el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología y otras instituciones de investigación en biotecnología en Cuba, han estado trabajando el tema de los transgénicos. El año pasado se liberó por primera vez al medio natural, en una escala bastante grande, que puede haber llegado hasta seis mil hectáreas, no se conoce bien el dato, un maíz transgénico obtenido en Cuba, que es el FR-Bt1, que tiene dos modificaciones fundamentales. Una modificación que lo hace resistente a la palomilla del maíz, la principal plaga del cultivo del maíz en Cuba. Y una segunda modificación que hace a la variedad resistente a los herbicidas. Estas son dos modificaciones, dos modificaciones genéticas que han sido ampliamente aplicadas en el mundo. Ya se reportaba el año pasado que, alrededor de 120 millones de hectáreas son sembradas de transgénicos en el mundo. Y la siembra de transgénicos y todo lo que viene aparejado con ello, con el dominio de las transnacionales, de la propiedad intelectual de las semillas, … Podemos dar un dato, que alrededor de siete mil compañías hace 25 años producían la semilla para el mercado agrícola en el mundo entero. Ninguna de esas semillas controlaba más del 1% del mercado. Hoy vemos una alta concentración de la producción de las semillas, de las mismas compañías que producen también todos los pesticidas y todos los agroquímicos para ese paquete tecnológico, y también que son, en la mayoría de los casos, dueñas de las compañías transnacionales de la biomedicina o las cuestiones vinculadas a la farmacia. Hay una gran concentración, y hoy ya las Naciones Unidas y las grandes organizaciones internacionales están preocupadas por la alta concentración que existe. Y solamente diez compañías llegan a controlar el 67% del mercado de semillas en el mundo. Lo que nos puede dar una idea de cómo afecta esto la soberanía alimentaria de los pueblos, a la capacidad de los agricultores de sostener su propia alimentación, la alimentación de sus pueblos. También, cuánto puede estar afectando cuestiones que ya han sido demostradas científicamente, en la contaminación genética de las variedades tradicionales, de las variedades criollas de los países en vías de desarrollo y en el mundo entero.
También las cuestiones médicas, relacionadas con la salud humana, con el riesgo que hay con la salud humana. Y cuestiones ya demostradas científicamente, relacionadas con la alergia, relacionadas en sí con todos los efectos alergénicos de estas variedades, cómo se trasmiten a través de las cadenas alimentarias y pasan a los microorganismos del suelo y a la vida en general.
La irrupción de los transgénicos en Cuba nos impone un gran reto a la comunidad científica. Y es por eso que los autores de este libro nos hemos reunido y hemos puesto sobre la mesa nuestros criterios ante una realidad que no quisiéramos aceptar, pero que es parte de la vida que tenemos, que estamos viviendo hoy.
Entonces, tenemos que decir que con el mayor compromiso, con la mayor justeza posible y en la mayor intensión de crear un debate constructivo, participativo, abierto a la sociedad, que no ha habido hasta este momento, nosotros hemos terminado esta obra.
Entonces, más o menos por ahí viene la explicación. Nosotros hemos participado en algunos intercambios con miembros del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, y le hemos expuesto nuestros criterios acerca del desarrollo de una agricultura ecológica, de un enfoque agroecológico de nuestra agricultura. Y no vemos cómo es que la ingeniería genética, la biotecnología, y la introducción de transgénicos pueden jugar contra la política nacional que tenemos de desarrollo de los sistemas agroecológicos de una agricultura a menor escala, más diversificada, más integrada, y más dirigida hacia la autosuficiencia de nuestra población rural. Esas cuestiones se debaten en el libro. Se debate el decursar de la aplicación de la tecnología de transgénicos en el mundo. Y bueno, como les decía, que nuestra intención no es poner una barrera y poner… armar la trinchera, aún no es armar la trinchera, ir a una protesta ni nada por el estilo, sino plantear desde un punto de vista científico, ético, y cívico nuestras preocupaciones, que son las preocupaciones también de millones de personas en el mundo.
Hace una semana hubo una manifestación masiva en Europa, alrededor de 25 millones de personas que pertenecen a 300 organizaciones se reunieron para mostrar su inconformidad con el uso de transgénicos en la agricultura. Y bueno, cada vez llegan más noticias de la acción social en contra de los transgénicos, e informaciones científicas de los datos, que nos demuestran cuánto puede ser peligroso para nuestra la vida, para nuestros ecosistemas, para la salud humana, etc.
Entonces, como este no es un lugar para comenzar un debate, la idea no es debatir. La idea es que nosotros ponemos en las manos de todos ustedes que están aquí y de las demás personas a que puede llegar el libro en el futuro, estas ideas, estas concepciones, que con mucha seriedad hemos elaborado y que con mucha competencia profesional de todos los que me han acompañado en esta misión.
También, antes de terminar no quería… Antes de terminar quería resaltar la satisfacción que siento de haber compartido con todos estos autores por su profesionalidad, por su capacidad de análisis, por su agudeza en el análisis científico. Y decir que me honra haber compartido este trabajo durante unos meses que estuvimos involucrados en la escritura del libro.
También, no quería dejar de mencionar a tres colaboradores fundamentales que tuvo el libro. Uno es el diseñador de la portada. [Amaury Rivera Rodríguez] Esta bella portada que ustedes ven que tiene una impresión visual muy fuerte. Muy convincente. Espero que los contenidos del libro sean tan convincentes y tan interesantes para el lector como la portada.
También quería reconocer el trabajo realizado por Reinier Pérez-Hernández, que hizo la composición del interior del libro, también la diagramación y trabajó en la edición del libro con mucha seriedad y mucho tesón. Y a Claudia Álvarez Delgado por su trabajo decisivo y crucial como corazón de este libro por ser la editora jefa. También siendo una mujer y teniendo otras tantas misiones, bueno, tuvo la capacidad de llevar este libro a término, con una calidad de la cual estamos satisfechos.
Terminar, no sin antes reconocer el valor y el apoyo que recibimos de la editorial Acuario, Publicaciones Acuario, que desde el principio nos apoyó con este proyecto. Un proyecto polémico, un proyecto que implica incluso ciertos riesgos, no, en la opinión pública, etc. por ser un asunto tan delicado. Queremos darle nuestras gracias a la editorial y especialmente a Carlos Melián, que como se dijo antes es un trabajador incansable, y que siempre tuvimos a nuestro lado para darnos los consejos y para apoyar la salida de esta obra.
A las organizaciones OXFAM y RAP-AL que fueron las que financiaron la impresión del libro, y bueno, sin ellos, no hubiera sido posible terminarlo.
Y bueno, para terminar, a los lectores les deseo una lectura placentera. Que encuentren en el libro algunas claves de cómo enfrentar esta situación. Que no creemos que sea un trabajo acabado, es una verdad en construcción en la que creemos y por la que seguiremos trabajando. Esto simplemente lo consideramos como un punto de partida importante para el debate abierto, fructífero y participativo, de la introducción de transgénicos en Cuba, como una condición indispensable para poder avanzar en el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la sociedad en Cuba de una manera sana, de una manera que sea fructífera y provechosa para el futuro de nuestra nación, y nuestros hijos, como mis hijos que tengo aquí, tengan la posibilidad de recibir un país que desde el punto de vista cívico, pudo, tuvo la oportunidad, como la tenemos, por nuestro sistema social que nos da la oportunidad, de debatir esto de una manera constructiva, y sin tener miedo a los efectos que pueda tener las represalias de una transnacional o las represalias de unos matones que vienen y te ponen un tiro en la cabeza, como ha pasado a los luchadores contra los transgénicos y por los derechos de los agricultores en Brasil o en otros lugares del mundo.
Entonces, muchas gracias por estar aquí, y espero que les guste el libro.
[APLAUSOS]
Moderador (Carlos F. Melián): Muchas gracias a los autores y presentadores. Y si tienen alguna pregunta, alguna intervención. Por favor, los micrófonos están, tenemos tiempo.
Adelante.
Participante. Dr. Carlos Borroto: Primero yo, bueno, primero pido excusas, porque los autores no me habían invitado, pero… pero vine.
Yo quería expresar al estar acá. Primero, yo creo que es una muy buena acción, un buen mensaje, a mi me parece que la primera frase en el libro, que se hace la frase de Raúl de la necesidad del debate. A mí me parece que es un valor importante del libro promover el debate.
[**** Se ofrece solo este fragmento de inicio y final de la intervención ya que no hemos tenido confirmación de autorización para su publicación en la web del Dr. Borroto ****]
Y perdonen que sea un poco… Y yo creo que si es válido para promover el debate. Pero si promueve el debate y después se rehúye el debate, entonces las intensiones no son buenas. Pero si promueve el debate y hacemos el debate, a mi me parece que es una contribución importantísima.
[APLAUSOS]
Presentador. Carlos J. Delgado: ¿Puedo hablar?
Moderador. Sí, como no.
Presentador. Carlos J. Delgado: Bueno, Voy a aprovechar que soy miembro del colectivo de autores del libro para decir algunas cosas, porque creo que Borroto se ha referido a aspectos que son realmente profundos y muy importantes.
Este libro tiene diversidad de opinión. Probablemente haya la posibilidad de agrupar las opiniones de tres o cuatro autores en un grupo, y otros tantos, pero por ejemplo, los tres que estamos sentados a esta mesa, tenemos opiniones diferentes. Con puntos de coincidencia, y con puntos de divergencia. Y tengo que reconocer que los míos, han sido respetados en la edición de ese libro.
Yo creo que la necesidad del debate en Cuba es extraordinaria. Primero por las posibilidades que Cuba ofrece al realizarse la introducción de los transgénicos en un contexto social diferente del del mundo contemporáneo. Porque las realidades sociopolíticas son distintas.
Sin embargo, estamos delante de un profundo problema del cual todavía la ciencia no tiene… una, eh… yo diría que… base o marco de solución. Ese problema no es el de los transgénicos. Ese problema es el problema categorizado en la bioética como el problema del conocimiento no manejable.
Conocimiento no manejable es el conocimiento al que se enfrenta la ciencia a partir del siglo XX comenzando con la física nuclear, y después a mediados de la década del cincuenta entra en ese conocimiento no manejable la química, entra en ese conocimiento no manejable la biología. Es un conocimiento que no es peligroso. Es un extremo cuando yo digo que el conocimiento es peligroso. Hay cosas que son peligrosas. El conocimiento no manejable no es peligroso. El conocimiento no manejable es riesgoso. Los riesgos son parte de la vida, porque tomar decisiones en la vida implica asumir riesgos, hasta para cruzar una calle.
Pero el rasgo distintivo de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX, en las biotecnologías, en la física, en la química, pero también en las ciencias sociales, en las neurociencias por ejemplo, en los estudios psicológicos, es el de cada vez más, dejar de ser ciencia observadora, para ser ciencia creadora, ciencia productora de algo, ciencia que trabaja en las bases materiales de la vida, o del mundo físico, o del mundo social. Ciencia que se hace para trabajar con el resultado de manera intensa, y ciencia que se hace para trabajar con el resultado en forma extensa.
Cuando usted coloca juntas esas tres variables: un conocimiento científico profundo, un conocimiento científico que se usa de manera intensiva, y un conocimiento científico que se usa de manera extensiva, automáticamente aparece la pregunta por los riesgos.
La pregunta por los riesgos la humanidad contemporánea no tiene modo de conceptualizarla, porque el hombre contemporáneo es sobre todo un hombre occidental. Y el hombre occidental, todos lo somos, tiene una escala de valores deformada, donde coloca por lo general el valor económico por encima del resto de los elementos del sistema de valores. Y al final, hasta en nuestra vida cotidiana, podemos apreciar un paisaje, pero si alguien nos pregunta cuánto tenemos que pagar para conservar el paisaje, decimos que no. Esa es una de las grandes incógnitas del pensamiento ambientalista contemporáneo. Eso hace que no solo la biotecnología y los transgénicos, sino en una amplia gama del conocimiento científico contemporáneo tengamos que tomar decisiones en condiciones de incertidumbre y asumir riesgos.
Pero aquí viene la gran pregunta ¿Quién? ¿Quién debe tomar la decisión? Y ¿Quién debe asumir los riesgos?
Cualquier respuesta a esa pregunta, que no incluya la sociedad, debe estar bajo un gran signo de interrogación. Y esa es la necesidad de una polémica sobre la cuestión de los transgénicos. No es una polémica entre pares, no es una polémica entre biotecnólogos, químicos, físicos, filósofos, psicólogos, o lo que sea. Es una polémica donde en el mejor de los casos, nosotros podremos representar fragmentos de la sociedad, en este caso, fragmentos académicos de la sociedad. Pero necesitamos también el punto de vista del hombre común, del ciudadano que no es científico.
Hoy tenemos una forma de pseudociencia, que no es la pseudociencia clásica que da gato por liebre. Para decirlo en una sola palabra. La pseudociencia clásica da gato por liebre. La pseudociencia contemporánea se hace en los laboratorios también, en forma de ciencia incompleta.
Y para terminar quiero decir una cosa más. Fíjense que no es culpa de nadie. No estoy planteando aquí un problema personal de que yo hago mal la investigación, o que otro investigador hace mal la investigación. En particular, por ejemplo, Carlos Borroto y yo hemos tenido muy buena comunicación durante mucho tiempo, y además de carácter familiar. Y yo particularmente, y los que están en el libro lo sé, respetan muchísimo el trabajo académico que se hace en la ciencia cubana, también en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.
Es que hay algo que nos trasciende.
Estamos acostumbrados a trabajar las consecuencias del impacto de descubrimientos científicos y de las tecnologías. El problema científico ahora cambia. No tiene ningún sentido ocuparnos de los impactos. Tenemos que pensar, antes de iniciar el proceso de investigación cuál es la dimensión completa de lo que estamos haciendo. En el caso de la tecnología de los transgénicos, no empieza en el laboratorio, ni termina en el laboratorio. No empieza en el laboratorio y termina en la agricultura. Empieza en la sociedad y termina en la sociedad. Por eso yo creo que si necesitamos un debate, necesitamos un debate que involucre a la sociedad.
Muchas gracias.
[APLAUSOS]
Moderador: Bueno, muchas gracias. Lo más que puedo decir, es que el Centro Félix Varela puede ceder su espacio, el poco que tiene, para el debate. [RISAS] El Centro Félix Varela precisamente nos autodenominamos como un Centro que proporciona espacio al debate. Así que nos pueden sumar a esa misión. [APLAUSOS] Gracias.
Dr. Jorge Luis Fontenla, Sociedad Cubana de Zoología.
Reseña del libro Transgénicos. ¿Qué se gana? ¿Qué se pierde? Texto para un debate en Cuba.
Publicaciones Acuario, Centro Félix Varela, la Habana 2009.
Compilado por Fernando R. Funes-Monzote y Eduardo F. Freyre Roach.
Este libro, verdadera joya de la ciencia y la cultura cubana, se encuentra estructurado por prefacio, prólogo, diez capítulos de autores cubanos y cinco de extranjeros, algunos de ellos de gran renombre internacional, epílogo y un apéndice sobre la regulación de seguridad biológica.
Los compiladores se lamentan en el prefacio que, tal vez, “algunos piensen que esta compilación llegó tarde, pues abundan las señales de que los cultivos transgénicos se están imponiendo en el país”. Sin embargo, a continuación reconocen estar “convencidos de que nunca es demasiado tarde para tomar la iniciativa y de que existen oportunidades para dialogar de manera constructiva sobre el asunto”.
Resulta factible coincidir por completo con esta última aseveración. De manera minuciosa, este libro llena el notable vacío que sobre el tema se tenía en el ámbito público de Cuba, permeado por visiones triunfalistas de un tema tan delicado y con tantas aristas. A lo largo del texto, se aborda la explicación científica del proceso de transgénesis, los riesgos posibles y sus efectos reales respecto a contaminación genética en la naturaleza, la reducción de la diversidad biológica local y la emergencia de malezas y plagas resistentes, que son, justamente, lo que de manera supuesta debe eliminar o evitar los cultivos transgénicos.
De igual modo, enfatiza la necesidad de velar por el principio precautorio, sobre todo cuando la prevención de contaminación genética y sus efectos es por completo incierta. Demuestra, con estadísticas mundiales, la inferioridad productiva de productos transgénicos por sobre los cultivos tradicionales, así cómo el paralelismo de esta agricultura y su tecnología contaminante con la demostrada ineficiencia de la agricultura industrial.
Por otro lado, argumenta la eficiencia demostrada de la agricultura ecológica en incrementar el rendimiento y la diversificación de cultivos en un ambiente más armonioso ecológicamente, al favorecer la diversidad biológica y la salud ambiental y humana. En uno de sus capítulos, se afirma que “la “coexistencia pacífica” entre la agricultura transgénica, la convencional (no transgénica) y la ecológica (natural, orgánica, agroecológica y sostenible) es imposible. Responden a racionalidades y enfoques distintos de entender la agricultura y el desarrollo agrario y rural”. Ante semejante rotundez, cabe la pregunta, ¿es necesario buscar semejante coexistencia? A lo largo de todos los capítulos y el epílogo, la respuesta que se trasluce es obvia: no es necesaria.
Otro aspecto que se destaca, no menos importante, el la repercusión internacional que tendría una política de expansión transgénica de Cuba, cuando existe en todo el mundo un creciente y justificado repudio al respecto. Ante ello, las empresas del negocio transgénico señalarían a Cuba con satisfacción. Por otra parte, resulta incongruente con la política sobre el tema de los países del Alba, y con posiciones conocidas de nuestro propio país.
Por ejemplo, el líder de la revolución cubana señaló en una reflexión del 15 de julio de 2007: “En el caso de Brasil, la empresa Votorantim ha desarrollado tecnologías para la producción de una caña transgénica, que no es comestible, y sabemos que muchas empresas están desarrollando este mismo tipo de tecnología, y como no hay medios para evitar la contaminación de los transgénicos en los campos de cultivos nativos, esta práctica pone en riesgo la producción de alimentos”.
En otra reflexión, esta vez el 25 abril de 2010, expuso: “Más tarde, la manipulación genética y el uso de fertilizantes químicos contribuyeron igualmente a la solución de necesidades vitales, pero están llegando ya al límite de sus posibilidades para producir alimentos sanos y aptos para el consumo”.
Por su parte, el Acuerdo de los Pueblos, de Cochabamba, Bolivia, del 22 de abril de 2010, del cual Cuba es firmante, especifica en una de sus conclusiones, en relación con la Madre Tierra su, “Derecho a no ser alterada genéticamente y modificada en su estructura amenazando su integridad o funcionamiento vital y saludable”.
En el X Congreso de la ANAP de 2010, asociación que aporta el 70% de la producción agropecuaria del país, no se hace mención a transgénicos para solucionar ningún problema de la producción de alimentos en Cuba. Por el contrario, se aboga por prácticas de agricultura sostenible, diversificación de cultivos y flexibilidad en los mecanismos estatales de comercialización.
No puede ser más oportuno este libro, el cual merece una amplia difusión, tanto en ámbitos académicos cómo públicos. En mi opinión, debe verse, sobre todo, como una obra de defensa apasionada, al mismo tiempo que lúcida y profunda, de la seguridad ambiental y económica, así como a la salud pública y a la propia identidad de nuestra nación.
La falsa unanimidad resulta perniciosa y se requiere estimular el debate y la sana discrepancia, de donde salen generalmente las mejores soluciones.
Raúl Castro1
Si usted es cubano y no sabe qué son los organismos modificados genéticamente (OMG), también conocidos como transgénicos, no se preocupe, se encuentra entre el 73% de la población que desconoce de qué se trata, según una encuesta realizada recientemente en el país.2 El estudio muestra que la profundidad del conocimiento sobre el tema es muy heterogénea, de acuerdo con las respuestas tan sorprendentes como contradictorias acerca de sus beneficios, riesgos, intención de consumo y etiquetado.
A juzgar por los resultados de la encuesta, podría afirmarse que pocos cubanos conocen en detalle qué son los transgénicos, debido a una evidente carencia de información. No es raro que esto suceda, si tenemos en cuenta que hasta hace apenas un año los OMG en Cuba no habían salido de los laboratorios, ni han formado parte de un debate nacional, como en muchos otros países. No por casualidad entre las conclusiones principales del referido estudio se encuentra la disposición de la población por conocer o ampliar la información sobre los transgénicos.
I
Un OMG es un organismo al que le ha sido manipulada su información genética en laboratorios, de forma deliberada, con el fin de conferirle una o más características específicas que lo hacen comportarse de manera diferente a organismos de su misma familia, género o especie. Pueden ser considerados como «nuevos organismos» que entran a ser parte de los seres vivos que cohabitamos sobre el planeta. Este hecho ha generado no pocas preocupaciones éticas en cuanto a su comportamiento y regulación biótica.
En la práctica, un transgénico se logra cuando segmentos del material genético (ADN) de un ser vivo (virus, bacteria, vegetal o animal) es aislado con técnicas de ingeniería genética, a través de las cuales son introducidos al genoma (base de la herencia) de otro organismo. Este procedimiento se vale del empleo de un ser vivo como vector que inocula sus fragmentos de ADN en el otro, ya sea mediante métodos físicos que hacen llegar la información genética deseada al núcleo de una célula, o «bombardeando» las células con micropartículas recubiertas del ADN que se pretende introducir. A través de estas técnicas, la ciencia moderna ha logrado traspasar las claves de las formas de vida y las fronteras entre las especies.
Este descubrimiento está revolucionando la medicina, la agricultura y la alimentación. Hoy la ingeniería genética crea plantas que resisten el ataque de virus, bacterias, nemátodos y malezas, que toleran plaguicidas o cuyos frutos demoran más en descomponerse. Se experimenta en cultivos que puedan soportar mejor el frío, el calor o la sequía, y que crezcan en suelos poco aptos para el cultivo. Las plantas transgénicas se conciben también como fábricas o bancos vivientes de vacunas, proteínas, minerales, carbohidratos y grasas. Incluso, ya se habla de plantas que sirven para limpiar el medioambiente, pues son capaces de consumir sustancias tóxicas presentes en el aire, la tierra o el agua.
En fin, los transgénicos son promovidos como la llave que podría abrir las puertas para aumentar los rendimientos agrícolas, mejorar la calidad nutritiva, medicinal o gustativa de los alimentos, y reducir la contaminación del medioambiente. Pero, si bien hay personas que ven en los transgénicos una buena solución a los problemas de la agricultura y la alimentación, hay otras que alertan sobre los riesgos a corto y mediano plazo de su empleo.
II
En Cuba, la investigación sobre los OMG es regulada por el Estado y prioriza su proyección sobre la salud y la alimentación de la población, así como la protección de los recursos naturales y el medioambiente. El Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) es la institución cubana dedicada al estudio de la transgénesis de animales y plantas. Los experimentos en animales han sido desarrollados con ratones de laboratorio, conejos, cerdos, ganado bovino y peces. A finales de los ochenta, el CIGB proyectaba investigaciones en cultivos transgénicos de caña, papa, papaya, maíz, boniato, arroz, tomate, plátano, café, piña y cítricos tolerantes a plaguicidas y resistentes a plagas (virus, bacterias, insectos, nemátodos, hongos). Investigadores cubanos dedicados a estos estudios, con gran optimismo y buena fe, auguraban que las primeras variedades de cultivos transgénicos producidos en el país comenzarían a introducirse en condiciones comerciales entre los años 2000 y 2005.
Ya para 2002 se exhibían avances en los experimentos transgénicos, y en 2006 el CIGB anunció la obtención de la primera planta capaz de producir anticuerpos monoclonales con fines farmacéuticos. Estos organismos no serían utilizados en la producción de alimentos, sino que sus modificaciones genéticas ayudarían a obtener biorreactores y moléculas con usos farmacéuticos para combatir el cáncer. No se contemplaba su liberación al ambiente, sino que se cultivarían dentro de las instalaciones del CIGB, en casas de cultivos protegidas con mallas que impidieran su comunicación con el exterior. Además, se dispusieron los requisitos necesarios para garantizar su seguridad biológica.
En 2008 se anunció que en cuatro provincias del país se realizaría la primera prueba a campo abierto del maíz modificado genéticamente FR-Bt1. Se trata de una variedad cubana capaz de producir la misma toxina de la bacteria Bacillus thuringiensis, la cual controla a la palomilla del maíz (Spodoptera frugiperda), una de las plagas más dañinas para ese cultivo y que posee un gen que desdobla la molécula del glufosinato de amonio. En otras palabras, el maíz FR-Bt1 es resistente a la palomilla y tolerante a herbicidas como Basta y Finalé, cuyo principio activo es ese compuesto químico. En 2009 se continuó ampliando el cultivo de esta variedad transgénica con el propósito de atenuar los efectos sobre la seguridad alimentaria causados por los huracanes que azotaron la Isla el año anterior. Se anunció que las áreas experimentales bajo este cultivo se multiplicarían hasta llegar a las seis mil hectáreas. Sin embargo, aún no se dispone de un reporte público sobre los resultados del experimento de campo. Este hecho hace que surjan preocupaciones y contradicciones bioéticas que deberían ser consideradas como parte de un debate nacional para valorar los pros y los contras de extender tal tecnología.
III
A partir de la liberación de los primeros cultivos transgénicos en el mundo, y sobre todo a raíz de que el CIGB definiera sus proyecciones de trabajo al respecto, el sector académico cubano comenzó a internarse en el tema. El Primer Taller sobre Modificación Genética de Organismos, que se celebró en esa institución en 1999, marcó el inicio del debate entre representantes de instituciones de la salud, la agricultura, la alimentación y el medioambiente. Desde entonces ha habido un incremento progresivo del interés por profundizar en las ventajas y los riesgos que supone la aplicación de la ingeniería genética en la agricultura.
Las genuinas preocupaciones sobre la introducción de cultivos transgénicos en Cuba se basan en informaciones que provienen de investigaciones realizadas en otros países. Aunque el CIGB ha realizado varios eventos científicos y contactos técnicos sobre el tema, sus análisis resaltan las ventajas de la tecnología, en tanto sus peligros quedan aparentemente «bajo control». Sin embargo, los impactos negativos de su implementación y sus riesgos potenciales, son cada vez mayores. Un número creciente de estudios científicos y evidencias muestran que al liberar transgénicos al ambiente se pone en peligro la salud humana, la preservación de los ecosistemas, los medios de vida de la población rural y la soberanía alimentaria. Encarar estos asuntos desde posiciones íntegras, apartadas del cientificismo o signadas por prejuicios ideológicos, que pongan en una balanza qué se gana y qué se pierde con la introducción de esta tecnología en nuestro país, no es una opción: es una necesidad impostergable.
IV
Este volumen propone un análisis transdisciplinario desde una posición científica y comprometida a fin de que se tomen todas las precauciones para no errar en un tema tan delicado. Sin la pretensión de ser absoluto, cada autor se aproxima, de manera más o menos radical, a una verdad en construcción. Los textos reunidos abordan el tema en su complejidad y profundidad, sin agotarlo. Una posición de alerta, nacida de la contradicción que emergió con la liberación de transgénicos al ambiente natural cubano, y alejada del enfrentamiento pernicioso, caracteriza la intención de los autores.
Un aspecto que puede saltar a la vista del lector, desde la primera hasta la última página, es la abundancia de interrogantes. Parecerían muchas, pero en realidad son pocas en comparación con las que suscita el empleo de la tecnología transgénica en Cuba y en el mundo. La primera parte del libro reúne autores cubanos; mientras que la segunda recopila textos de especialistas de otros países que han mantenido intercambios científicos con colegas e instituciones de la Isla. A todos agradecemos sus valiosas contribuciones, que seguramente enriquecerán el necesario debate nacional. Nuestra gratitud al Centro Félix Varela por ofrecer un medio propicio para la reflexión y análisis de un tema tan complejo, así como a las organizaciones que apoyaron la elaboración e impresión de este volumen.
Quizás tengan razón quienes piensen que esta compilación llegó tarde, pues abundan las señales de que los cultivos transgénicos se están imponiendo en el país. Convencidos de que nunca es demasiado tarde para tomar la iniciativa y de que existen oportunidades para dialogar de manera constructiva sobre el asunto, proponemos al lector una obra que invita a analizar, reflexionar y debatir, tanto en el ámbito académico como en el institucional y cívico, sobre la introducción a gran escala de los cultivos transgénicos en Cuba.
Fernando R. Funes-Monzote
Eduardo F. Freyre Roach
La Habana, 10 de noviembre de 2009
1 Raúl Castro: Discurso en el VII período ordinario de sesiones de la VII Legislatura de la Asamblea Nacional, Granma, 31 de julio de 2009.
2 Manuel Álvarez Gil: «Alimentos transgénicos: percepción por ciudadanos cubanos». Conferencia impartida en el Seminario de la cátedra de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) de la Universidad de La Habana, 20 de mayo de 2009. En la encuesta participaron 2 303 ciudadanos de las provincias Ciudad de La Habana y Ciego de Ávila. Solo el 6% de los encuestados que no tenía formación profesional ni era estudiante universitario, conocía la existencia de los transgénicos. En cambio, el 80% de los profesionales y el 37% de los estudiantes universitarios refirieron tener alguna noción sobre el tema.
Silvia Ribeiro
Dra. Investigadora del Grupo de Acción sobre Erosión,
Tecnología y Concentración, México.
El debate sobre los cultivos transgénicos es uno de los temas más actuales y controvertidos en el mundo, agudizado con el recrudecimiento de las crisis alimentarias, climáticas, energéticas y ambientales. Paradójicamente, las empresas transnacionales de agronegocios presentan ahora los transgénicos como una «salida frente a las crisis».
No es extraño que las transnacionales promuevan esta idea, porque además de ser un gran negocio, les permite argumentar que no hay necesidad de revisar las causas de las crisis que ellas han contribuido a provocar. Tampoco tienen realmente interés en «salir» de las crisis porque con ellas han lucrado más que nunca. Por ejemplo, desde las semilleras hasta las que distribuyen cereales o fabrican maquinaria agrícola, obtuvieron ganancias enormes desde que en 2007 se reveló con más claridad la crisis alimentaria mundial.
Si bien Cuba se diferencia en muchos aspectos del resto del mundo, también aquí es urgente y necesario debatir el tema de la producción alimentaria, porque el país debe responder a muchos aspectos de estas crisis que ineludiblemente impactan en el pueblo cubano —a pesar de haber sido provocadas por el sistema capitalista industrial, que devasta la gente y el ambiente— y que se suman a los efectos del bloqueo económico a que ha sido sometido durante casi cincuenta años.
Aunque en la última década Cuba ha sido el ejemplo más contundente de que frente a la crisis alimentaria la producción agroecológica es posible, viable y capaz de proveer alimentos a poblaciones en ciudades tan grandes como La Habana, también hay científicos de instituciones públicas que consideran que los cultivos transgénicos podrían ser un aporte a la producción alimentaria nacional, fuera de la égida de lucro de las empresas transnacionales. Sin embargo, para otros, los transgénicos representan una amenaza no solo a los logros ya obtenidos en otras formas de producción alimentaria, sino también a la salud y al medioambiente; incluso afirman que los transgénicos, aun sin transnacionales, constituyen un paradigma opuesto a formas de desarrollo social, ambiental y económicamente sostenibles.
Es entonces imprescindible un debate social sobre el tema. Un debate abierto, transparente y comprometido, de amplia participación popular, que marque una clara diferencia con la introducción de estos cultivos en el resto del mundo, donde casi sin excepción han sido una imposición de las empresas transnacionales que los controlan, mediada por la corrupción, el férreo control del mercado alimentario sobre los agricultores, la propaganda falsa y las presiones o complicidades con las cúpulas gubernamentales.
Prueba de ello es que, aunque las transnacionales y las organizaciones que ellas financian quieren vender la idea de que los transgénicos ya se hallan en todas partes, a trece años de su comercialización apenas ocupan cerca del 2% de la tierra cultivada en el planeta y solo una docena de países realizan siembras comerciales a gran escala. El 98% de la producción de transgénicos, que según las transnacionales «están en todo el mundo», se realiza solo en ocho países1 y más de ciento setenta no los han autorizado comercialmente. Las encuestas de «percepción pública» sobre los transgénicos en diferentes naciones, muestran que más del 95% de los consumidores prefieren no comerlos. Sin embargo, la elección no está realmente en sus manos, porque pese a que las transnacionales aseguran que «no hay pruebas de que causen daños», han conducido una violenta campaña para impedir que se etiqueten.
Este libro se plantea entonces como una contribución a un debate nacional, muy distinto a esos métodos impositivos que han caracterizado a los transgénicos en todo el mundo. Debate que sin duda será seguido con atención por ser un tema crucial de lucha y oposición de los movimientos populares del planeta, para quienes los transgénicos representan una herramienta fundamental de dominación de las transnacionales para impedir la soberanía alimentaria, al tiempo que conllevan impactos en la salud, el ambiente y en las propias semillas que, al decir de La Vía Campesina, son un «patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad».
Pero no solo quienes luchan contra los transgénicos están atentos a este debate. También es importante para las transnacionales, para las cuales la posición de Cuba puede influir decisivamente en sus estrategias de mercadeo, quizá favoreciéndolas. Monsanto, la principal transnacional de transgénicos en el mundo, recibió con entusiasmo el anuncio que se hizo en diciembre de 2008 de que Cuba se planteaba aumentar sus experiencias de campo con maíz transgénico, colocándolo entre las noticias selectas de la compañía.2 Está claro que nadie en Cuba buscaba este efecto, pero es importante reconocer que además de la discusión nacional, cualquier decisión que tome Cuba tendrá un impacto sobre muchos, como ha sucedido con otros temas de política mundial.
Los documentos reunidos en este libro plantean una diversidad de enfoques, cuyos análisis y lectura serán muy útiles para una mejor comprensión del tema. Los compiladores, Fernando R. Funes-Monzote y Eduardo F. Freyre Roach, resumen en el «Prefacio» una serie de aspectos recogidos en este volumen: qué son los transgénicos, cuál es su origen y situación actual en Cuba, qué problemas implican para la salud, el medioambiente y los recursos genéticos cubanos, qué han significado en otras regiones del mundo y qué podría suceder en la Isla si se extendiera su aplicación. Además, varios autores ilustran con amplio conocimiento de otras formas de agricultura, que aportan significativamente a la alimentación y que, con mayor apoyo, podrían hacerlo mucho más.
Agrego una breve reseña histórica sobre el origen de los transgénicos y porqué comenzaron a producirse, los rendimientos que han tenido en la práctica y los desafíos que representan para la salud y la bioseguridad, temas que son desarrollados con mayor amplitud en varios textos de este libro.
¿De dónde vienen los transgénicos?
Es significativo recordar que la llamada Revolución Verde, que implicó desde los años sesenta el desarrollo de las llamadas variedades de alto rendimiento —principalmente cereales como maíz, trigo y arroz—, fue impulsada por fundaciones ligadas a los mayores capitales industriales estadounidenses, como la Fundación Rockefeller, que veían en ella una respuesta a la Revolución Roja. De ahí incluso que en su nombre se ligara la propuesta de una «alternativa al comunismo»: en lugar de una revolución «roja», el capitalismo podía proveer una revolución «verde». Su lógica fue la siguiente: el hambre es un factor determinante en la rebelión de los pueblos contra el orden injusto del capitalismo; si se producían mayores cantidades de alimentos, se podrían prevenir tales revueltas. El hecho de que las variedades de alto rendimiento necesitaran para poder desarrollarse enormes cantidades de fertilizantes sintéticos, sistemas industriales de riego, maquinaria pesada, y que debido a la enorme vulnerabilidad de esos cultivos a las plagas —por ser extensos campos uniformes— también requirieran grandes cantidades de agrotóxicos, completaba sinérgicamente el cuadro. La utilización de estas tecnologías aumentaría el lucro de muchas de las grandes empresas base del sistema capitalista: tanto las de agronegocios como las ligadas a la industria petrolera, a través del aumento de la petroquímica y el uso de petróleo para la maquinaria y transportes.
Así, la agricultura, que desde hace diez mil años se basaba en semillas de libre acceso, agua, tierra, sol, trabajo humano y tracción animal, que estaba altamente descentralizada y, por lo general, a cargo de pequeños productores y campesinos —que aún son quienes producen la mayoría del alimento a nivel mundial—, fue transformada en una máquina industrial «petrolizada» que exige grandes inversiones, maquinarias caras, enormes cantidades de agrotóxicos y semillas de laboratorio, ahora casi totalmente controladas por las empresas. Aunque la Revolución Verde logró producir volúmenes mayores de algunos granos, no solucionó el hambre en el mundo, tal como prometían sus promotores, sino que la aumentó, desplazando de la tierra a millones de agricultores y campesinos con sus familias.3 El proceso dejó también un saldo global de erosión de suelos, biodiversidad agrícola y pecuaria, que junto a la contaminación químico-tóxica de las aguas, no tiene precedentes en la historia de la humanidad, acompañado además por una creciente crisis de salud humana y animal que, nuevamente, termina siendo un negocio para las mismas compañías.
Treinta años atrás, pese al aumento de la agricultura industrial en varios países, el sector agroalimentario estaba todavía bastante descentralizado, lo cual colocaba un límite a las empresas de agronegocios para poder seguir aumentando los lucros que lograron con la Revolución Verde. Se lanzaron entonces a una agresiva campaña para controlar toda la cadena agroalimentaria. Esto era una medida estratégica: además de ser el mercado más grande a nivel mundial, es esencial, porque nadie puede vivir sin comer.
Esta conquista del sector agroalimentario global por parte de las transnacionales, se basó —y sigue basándose— en tres pilares: control del mercado a través de grandes oligopolios, marcos regulatorios a su favor, y nuevas tecnologías. Por un lado, presionaron para que se hicieran nuevas regulaciones, con la redacción e imposición de formas de propiedad intelectual sobre las variedades agrícolas cada vez más restrictivas, que fueron globalizadas a través de la Organización Mundial del Comercio y de los tratados de libre comercio bilaterales y regionales. Por otro lado, aumentaron vertiginosamente su control vertical y horizontal del mercado. Las empresas más grandes de cada rubro absorbieron a las más pequeñas, y al mismo tiempo diferentes rubros se fusionaron. El ejemplo más notable fue la compra global y masiva que realizaron las empresas químicas —fabricantes de agrotóxicos— de las empresas semilleras.
Hasta los años setenta existían en el mundo más de siete mil empresas semilleras y ninguna cubría siquiera el 1% del mercado mundial. Solamente el 5% de las semillas comerciales estaba bajo propiedad intelectual, el resto se hallaba en manos de agricultores e instituciones públicas de investigación agrícola. Actualmente, el 82% del mercado global de semillas se encuentra bajo propiedad intelectual. Las diez mayores empresas productoras de semillas controlan el 67% de ese mercado a nivel mundial y las tres principales —Monsanto, DuPont y Syngenta— acaparan el 47%, porcentaje que sigue en aumento. En agrotóxicos, la concentración es aún mayor: el 89% del mercado mundial está en manos de diez empresas. Y no por casualidad, entre esas diez están Monsanto, DuPont y Syngenta, junto con Bayer, Basf y Dow AgroSciences.4
Estas seis empresas controlan hoy todas las semillas transgénicas plantadas comercialmente en el mundo. Justamente, por ser empresas químicas, los transgénicos que hoy se cultivan en el mundo resultan, en más del 80%, resistentes a los químicos de las mismas compañías. El resto son semillas insecticidas —transgénicos manipulados para expresar la toxina del Bacillus thuringiensis— o una combinación de ambos caracteres.
Además de esta concentración del poder corporativo, los transgénicos permitieron patentar, de forma generalizada, seres vivos y semillas agrícolas. Esto no existía antes, porque para patentar algo hay que demostrar que cumple tres requisitos: ser nuevo, haber sido inventado y tener utilidad industrial. Con los seres vivos no se podía alegar que ninguno fuera «nuevo», pues dependían de procesos naturales. Con los transgénicos, las empresas lograron establecer que eran un «invento» no natural y, por tanto, patentables. La diferencia con otras formas de propiedad intelectual es que una patente convierte en delito cualquier forma de utilización sin pagar o poseer licencia del dueño de la patente.
Todos los transgénicos plantados comercialmente están patentados, lo cual convierte en un delito guardar semilla y volver a usarla en la próxima siembra. Más aún: los propietarios de campos que se contaminan con genes transgénicos —por ejemplo, a través de polen e insectos— pueden ser demandados por las compañías «por uso indebido de patente». Según datos del Center for Food Safety, en los Estados Unidos, Monsanto ya ha ganado más de 21 millones de dólares por ese tipo de procesos judiciales. y ha obtenido más de 160 millones de dólares adicionales en «acuerdos» fuera de los tribunales, porque los agricultores asumen que no podrán ganar y prefieren pagar directamente las demandas injustas de Monsanto para no perder en un juicio y tener que cargar además con ese gasto.
Sin embargo, patentar semillas y levantar demandas judiciales significa en la práctica una flagrante y permanente violación de los derechos de los agricultores a conservar, guardar y replantar sus propias semillas, reconocidos internacionalmente por la Organización de las Naciones Unidas.
Como si esto no fuera suficiente, las empresas de transgénicos y el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos desarrollaron la tecnología Terminator —o tecnología de restricción del uso genético, como se conoce en las Naciones Unidas— para crear semillas «suicidas» que se vuelven estériles en la segunda generación, con lo cual se convierten en una patente «biológica» sin fecha de expiración. Esta tecnología se vuelve tan aberrante y peligrosa, que el Convenio de Diversidad Biológica de las Naciones Unidas estableció en el año 2000 una moratoria internacional sobre su experimentación y comercialización en todo el mundo.
Cuando en el Grupo ETC (entonces llamado RAFI) descubrimos y denunciamos en 1998 la primera patente sobre Terminator —actualmente hay casi un centenar de patentes parecidas en manos de las diferentes empresas de transgénicos—, Delta & Pine Land Co., la principal empresa de semillas de algodón del mundo, propiedad de Monsanto, que la desarrolló junto al Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, le llamó «sistema de protección de la tecnología». El argumento fue que iba a «ayudar» a los agricultores y campesinos del tercer mundo a terminar con sus «semillas obsoletas». Reconocían claramente que el objetivo de la tecnología transgénica Terminator era controlar definitivamente a todos los agricultores del mundo.
En los últimos años, frente al inevitable problema de la contaminación transgénica a nivel global, cambiaron el discurso para decir que Terminator sería un instrumento de «bioseguridad», con el cual impedirían que el polen transgénico que llegue a otros cultivos sea fértil. Sin embargo, varios estudios científicos han mostrado que esta tecnología no funcionaría al 100%, pues su complicada construcción es altamente inestable.5 Por tanto, si se aplicara comercialmente, esta tecnología sumaría al problema de la contaminación —que de todas maneras se mantendría— el de la esterilidad, que sufrirían no solo los que la usaran, sino también todos los cultivos a los que llegara el polen.
En suma, desde su concepción, el desarrollo de semillas transgénicas estuvo orientado a fortalecer el poder de las empresas sobre los agricultores, creándoles una dependencia absoluta que supera incluso la que ya tenían de las semillas híbridas y los agrotóxicos, y les hace perder cualquier tipo de decisión sobre ellas. Quien controla las semillas, controla la llave de toda la red alimentaria.
¿Transgénicos sin transnacionales?
En Cuba, sin embargo, científicos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) argumentan que estarían fuera del control de las transnacionales, porque serían transgénicos desarrollados por instituciones públicas. No obstante, persiste el mismo paradigma tecnológico. En lugar de promover la diversidad de semillas y de agricultores y, por tanto, la resiliencia y la adaptabilidad a muchas condiciones microclimáticas, a diferentes terrenos y situaciones, incluso a la flexibilidad que da la diversidad genética y varietal para los cambios que está produciendo el caos climático, los cultivos transgénicos son construcciones uniformes que aumentan la vulnerabilidad frente a las plagas y no son, en absoluto, flexibles frente a las variaciones climáticas o de los suelos.
Los transgénicos que se quieren producir a gran escala en Cuba, son prácticamente iguales a los que desarrollan las transnacionales: con caracteres insecticidas —conllevan por tanto todos los problemas de resistencia de los insectos a ellos, tal como ya sucede en los lugares donde se plantan industrialmente— o resistentes a agrotóxicos. En ambos casos, esto ha llevado a aplicar más agrotóxicos que en cultivos convencionales, ya que la fuerte y continua presencia de toxinas produce rápidamente más resistencias en los insectos plagas, y las altas dosis de agrotóxicos crean resistencia en la vegetación que acompaña a los cultivos. En los dos países con mayor cantidad de siembras intensivas de transgénicos tolerantes a herbicidas, los Estados Unidos y Argentina, esto ha llevado al surgimiento de nueve tipos de supermalezas,6 lo cual conduce a la necesidad de usar cada vez mayores cantidades de agrotóxicos y, por consiguiente, aumenta la toxicidad.
Si Cuba siembra transgénicos insecticidas y tolerantes a herbicidas, el proceso de crear supermalezas y la necesidad de usar agrotóxicos cada vez más poderosos, sería igual. Significa, además, aumentar no solo la dependencia de derivados de petróleo, sino también la destrucción de suelos y de la biodiversidad —lo cual es la base de cualquier agricultura autónoma y soberana—, algo peligrosamente insostenible para las generaciones futuras. Y aunque los transgénicos en Cuba no tengan patentes de las transnacionales, los agrotóxicos sí pertenecen a ellas y aumentarán en Cuba la dependencia de esas trasnacionales, que, como mencioné, finalmente son las mismas empresas que controlan los transgénicos.
También llama la atención que si el país afirma querer desarrollar transgénicos sin transnacionales, el CIGB haya invitado, en diciembre de 2008, a Clive James, presidente del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Biotecnológicas en la Agricultura (ISAAA), la principal institución global de cobertura y propaganda de las transnacionales de transgénicos. No resulta extraño entonces que Clive James afirme arrogantemente a la prensa que en Cuba «necesitan más y mejores alimentos, lo que puede ofrecer esta tecnología» (refiriéndose a los transgénicos).7 Al ISAAA lo financian las transnacionales para que lleve este discurso por el mundo, hecho que ha sido muchas veces denunciado por organizaciones de la sociedad civil. Esta institución elabora las estadísticas de las áreas cultivadas con transgénicos a nivel internacional, distorsionándolas con frecuencia para aparentar que existen mayores extensiones y dar la impresión de que todo son beneficios, «olvidando» intencionalmente reseñar los múltiples problemas que conllevan. En calidad de máquina de propaganda capitalista, sería útil para los cubanos consultar los documentos que analizan críticamente a esta institución y que muestran quiénes se benefician de este tipo de «consejos» y quién paga por ejecutarlos.8
¿Aumentar o disminuir la producción?
Un aspecto que el ISAAA nunca va a mencionar, por ejemplo, es el hecho de que además de que ningún transgénico contiene mejores propiedades nutricionales —por el contrario, poseen hasta doscientas veces más residuos de agrotóxicos porque son tolerantes a estos—, producen menos que los cultivos convencionales. Esto ya había sido demostrado en estudios de investigadores de las universidades de Nebraska (2007) y de Kansas (2008), pero fue corroborado contundentemente en un informe publicado en abril de 2009 por la Unión de Científicos Preocupados de Estados Unidos (UCS, por sus siglas en inglés). El estudio, del biólogo molecular Doug Gurian-Sherman, se titula «Failure to Yield» (Fracaso de rendimiento) y analiza veinte años de experimentación y trece de comercialización en los Estados Unidos.9 Ese país es el primer y principal productor mundial de transgénicos, y hasta hoy mantiene la mayor área plantada con estos cultivos. El estudio analiza, a partir de estadísticas oficiales, los rendimientos anuales durante casi dos décadas y en cada Estado.
Es el estudio más amplio y minucioso realizado hasta el momento. Concluye que los transgénicos no han contribuido a aumentar la producción agrícola en los Estados Unidos. Y afirma que otros métodos, convencionales y orgánicos, sí han incrementado los rendimientos. La UCS explica que en el caso de la soya, los transgénicos han disminuido notablemente el rendimiento (en promedio 11%), en el caso del maíz tolerante a herbicidas no aumentaron nada y en el maíz insecticida con la toxina Bt, hubo un ligero incremento, un promedio de 0,2-0,3% anual, lo cual significa un acumulado de 3-4% al final de los trece años de siembra comercial, registrado sobre todo en zonas de ataques severos de la plaga, mucho mayores que los daños reportados en Cuba.
El dato más significativo es que el aumento total del rendimiento del maíz en esos trece años fue más del 13%, lo que quiere decir que el 75-80% del incremento del rendimiento se debió a otras variedades y otros métodos de producción. O sea, que si no se hubieran sembrado transgénicos en los Estados Unidos, el total de la producción de maíz hubiera sido mayor.
Una de las razones por las cuales los transgénicos producen menos radica justamente en la presencia de genes ajenos al cultivo. Para que la planta exprese esos genes, debe usar energía que de otra forma podría dedicar a mayores rendimientos. Con el enorme potencial de experiencia que tiene Cuba en otras prácticas agronómicas no transgénicas, no necesita embarcarse en la riesgosa experiencia de los transgénicos.
Salud y bioseguridad
Las transnacionales y las instituciones que ellas financian nunca dicen que «los transgénicos son sanos». Sencillamente afirman que «no hay pruebas de que causen daños» y aplican una lógica invertida, que intenta ocultar la verdad. Si no se puede decir, en términos afirmativos, que son sanos, no deberían estar en circulación.
En abril de 2009, por primera vez, la Asociación Estadounidense de Medicina Ambiental (AAEM por sus siglas en inglés) alertó a sus miembros y al público en general de que los transgénicos representan un peligro para la salud.10 Una importante conclusión en la que se basan es que, a partir de los múltiples ejemplos analizados, «hay más que una relación casual entre alimentos transgénicos y efectos adversos para la salud». Explican que según los Criterios de Hill —muy reconocidos académicamente para evaluar estudios epidemiológicos y de laboratorio sobre agentes que puedan suponer riesgos para la salud humana—, «existe causalidad en la fuerza de asociación, la consistencia, la especificidad, el gradiente y plausibilidad biológica» entre el consumo de alimentos transgénicos y los efectos adversos a la salud.
Entre los efectos negativos, comprobados a partir de decenas de estudios en animales, mencionan «riesgos serios», como infertilidad, desregulación inmune, envejecimiento acelerado, desregulación de genes asociados con síntesis de colesterol y regulación de insulina, cambios en el hígado, riñones, bazo y sistema gastrointestinal. Citan, entre otros, un estudio de 2008 con ratones alimentados con maíz transgénico Bt de Monsanto, que vincula el consumo de ese maíz con la infertilidad y la disminución de peso, y muestra también la alteración de la expresión de cuatrocientos genes (!).
Varios artículos de este volumen citan otros ejemplos sobre el mismo tema, mostrando que los transgénicos implican riesgos considerables para la salud. La verdad es que la única razón por la que han sido puestos en circulación con tal falta de evaluación previa, es el poder de las transnacionales, que necesitaban colocarlos en el mercado para poder incrementar el control corporativo de la red agroalimentaria.
Ninguno de los países que han autorizado la siembra comercial de los transgénicos y cuya área de tierra cultivada cubre el 98% de esta superficie en el mundo exige que antes de ponerlos en el mercado se realicen pruebas de sus posibles efectos sobre la salud y mucho menos que se analice seria e independientemente su impacto a largo plazo. Se trata simplemente de ensayos agronómicos que tampoco evalúan el potencial de contaminación de otros campos y cultivos. Todos los datos sobre estos aspectos se toman de las declaraciones e informes de las propias empresas. Aunque las legislaciones de bioseguridad de muchos países incluyan que se deben tener en cuenta los impactos sobre la salud, no hay disposiciones —ni recursos— para realizar pruebas independientes, ni tampoco la obligación de hacerlas.
Ese «secretito» sucio de las regulaciones de bioseguridad, que imitan a la regulación estadounidense, es la plataforma común de la mayoría de las aprobadas en América Latina, a las que no en vano llamamos «leyes Monsanto». Es significativo que en los casos en que se realiza este tipo de estudios previos de impactos sobre la salud, los cultivos no se han autorizado. Por ejemplo, el estudio mencionado con maíz transgénico Bt de Monsanto, que lo hizo obligado por la Unión Europea, tuvo ese efecto en Europa. Posteriormente, Monsanto se dedicó a «convencer», por medios espurios, a la Agencia Europea de Seguridad de los Alimentos de que era un «error de interpretación», en abierta contradicción con reputados científicos independientes europeos que analizaron el estudio completo. A los países que no quisieron aceptar este súbito cambio de recomendación, como Alemania, la transnacional los ha llevado a juicio.
Cuba no ha publicado este tipo de investigaciones independientes, basadas en trabajos a largo plazo y su efecto en animales de laboratorio. Por ejemplo, no se ha estudiado el impacto real en la salud que podría tener el maíz FR-Bt1 (cuya siembra se anunció en diciembre 2008), y que seguro tiene, según varios estudios independientes sobre otras variedades con el mismo tipo de toxina. Sería un grave error y un riesgo a la salud de la población que Cuba considerara a los países que han plantado este tipo de maíz como un precedente suficiente, ya que de ellos no se tiene más referencia que las de las propias transnacionales. Y sería otro grave error que adoptara un enfoque de «equivalencia sustancial»,11 otro de los conceptos maquinados por las transnacionales para facilitar su farsa de «bioseguridad». El hecho de que el maíz que la Isla importa contiene transgénicos con esta toxina y que ya se esté consumiendo, tampoco es ninguna garantía de inocuidad. Podría haber múltiples efectos en curso en la población, y, al no hacer seguimientos específicos, separados de otros factores, quedan ocultos. En este sentido, el país debe diferenciarse del tratamiento como «conejillos de indias» al que los Estados Unidos ha sometido a su población, al poner a circular transgénicos sin ninguna garantía real de inocuidad.
Por otra parte, sería pertinente que Cuba evaluara si este es el tipo de inversión que se quiere hacer para cubrir las necesidades agrícolas y alimentarias. A fin de actuar con responsabilidad, antes de liberar cualquier transgénico, debería dedicar largos años de estudio, recursos humanos y económicos para analizar si realmente tendrán impactos en la salud. Si no lo hace, correrá el peligro de introducir riesgos importantes a la salud de la población —algo que seguramente placerá a las transnacionales, tanto como que libere transgénicos de manera masiva, pero esta vez no lo anunciarían en su sitio web—. Si lo hace en forma seria y responsable, como es el objetivo de los científicos cubanos, implicará una importante inversión que deberá repetirse ante cada nueva modificación y desviará recursos de otros enfoques ya conocidos para la producción alimentaria sana y sustentable.
El mundo está hoy en medio de las peores crisis de la historia reciente. No me refiero a la económica y financiera del capitalismo, sino a la climática, alimentaria, de salud y ambiental. Cuba, así como muchos pueblos indígenas y campesinos que siguen siendo los creadores y guardianes de las bases de la alimentación mundial, tiene la posibilidad de mostrar caminos totalmente diferentes. En lugar de buscar modelos tecnológicos «sustancialmente equivalentes» a los de las transnacionales, podría aprovechar mucho más la riqueza, los conocimientos y las experiencias de su agricultura sustentable, que además de proveer alimentos sanos, nutritivos y variados a su propia población, es un espaldarazo a la lucha de los movimientos campesinos, indígenas y populares en todo el mundo.
1 Datos tomados de las estadísticas del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Biotecnológicas en la Agricultura (ISAAA). Ver www.isaaa.org.
2 Ver noticia publicada en el sitio web de Monsanto:
www.monsanto.com/biotech-gmo/asp/biotech_news.asp?yr=2008newsId=nr20081202.
3 Para más información, ver de Peter Rosset «El hambre en el tercer mundo y la ingenierñia genética: ¿Una tecnología apropiada?» en este mismo libro.
4 «¿De quién es la naturaleza? El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida». Informe del Grupo ETC, noviembre de 2008. Ver
www.etcgroup.org/es/materiales/publicaciones.html?pub_id=709.
5 Ver, por ejemplo, Ricarda Steinbrecher: «Why V-GURTs (Terminator) Fails the Requirements as a Biological Containment Tool for Biosafety», documento para el Órgano Subsidiario Científico Técnico del Convenio de Diversidad Biológica. SBSTTA10, CBD. Publicado por EcoNexus, febrero de 2005, en www.econexus.org.
6 Sobre este tema, ver análisis informe del Grupo ETC citado en nota 4, pp. 15-18.
7 «Cuba Ready to Authorize GM Corn Crop: Scientists», nota de Esteban Israel en Reuters, 2 de diciembre de 2008.
8 Devlin Kuyek: «El ISAAA: Generando ganancias en nombre de los pobres», Biodiversidad, Sustento y Culturas, 2001. Ver www.grain.org/biodiversidad/?id=121. Y «Undoing the ISAAA. Myths on GM Crops», nota de GM Freeze y Amigos de la Tierra Europa, febrero de 2009, ver
www.gmfreeze.org/uploads/ISAAA_Q&A_2009.pdf.
9 Disponible en
www.ucsusa.org/food_and_agriculture/science_and_impacts/science/failure-to-yield.html.
10 El reporte íntegro de la AAEM se puede consultar en español en:
www.biodiversidadla.org/Principal/Contenido/Noticias/Alimentos_geneticamente_modificados.
11 Extensamente explicado en la contribución de Alfredo Abuín y Carmen Porrata al presente volumen.
Peter Rosset
Dr.C. Investigador del Centro de Estudios
para el Cambio en el Campo Mexicano (CECCAM), México.
Recientemente Cuba anunció la siembra de maíz Bt transgénico para reproducir semillas en varias partes de la Isla. Este anuncio acelera la necesidad de avanzar en el debate sobre la prudencia de sembrarlo a campo abierto. En conversaciones con biotecnólogos cubanos, he escuchado que esta tecnología se pondría al servicio del pueblo y de los pobres del mundo, sin cobrar ninguna regalía, y que de esta manera, en lugar de ser una amenaza, sería una contribución positiva neta a la erradicación del hambre y la pobreza.
Soy biólogo, especialista en agroecología y, entre otras cosas, en los impactos de los cultivos transgénicos. Por eso no creo que un transgénico cubano sería menos riesgoso, debido a razones intrínsecas a la propia tecnología. A continuación expongo mis argumentos, basados en la literatura científica:
1. El riesgo de la degradación genómica como resultado de la transformación transgénica, y/o de la contaminación transgénica, es igual: Una de las principales preocupaciones sobre la contaminación de las variedades nativas del maíz en su centro de origen, México, han sido, y continúan siendo, las evidencias preliminares de la degradación del genoma de las variedades criollas contaminadas con polen proveniente de siembras ilícitas de maíz transgénico (Quist y Chapela, 2001; Rosset, 2005, 2006; Piñeyro-Nelson et al., 2008). Hay efectos mutagénicos preocupantes que genera la propia inserción del transgén (Latham et al., 2006), pero más preocupante aún es el efecto del promotor 35S de virus del mosaico de coliflor. Este y otros promotores provenientes de los virus, se utilizan para superar el silenciamiento natural que ocurre cuando un organismo detecta ADN foráneo en sus cromosomas. Sin promotores, los transgenes no se expresarían. El problema es que los promotores no solo hacen que se expresen los transgenes, también son capaces de inducir la expresión de otro ADN silenciado, que puede producir enfermedades y trastornos metabólicos y fisiológicos en la planta contaminada y su progenie. Además, el sitio de inserción del promotor actúa como «foco rojo de recombinación», pues aumenta la probabilidad de que se quiebren los cromosomas, en el punto de inserción, durante la reproducción sexual de las plantas (Ho, 2000; Zheng et al., 2007). De ahí la preocupación por la integridad genética de las variedades no transgénicas al ser contaminadas por polen transgénico. En otras palabras, al sembrar maíz transgénico al aire libre, se corre el riesgo de contaminar las variedades normales, que pueden sufrir degradación genómica, con riesgo hasta de su posible desaparición al no producir semillas o progenie viables (Ho, 2000; Rosset, 2005, 2006). Como la tecnología es la misma, lo anterior no cambiaría en un transgénico por el simple hecho de ser desarrollado en un laboratorio cubano. En Cuba, donde el fitomejoramiento participativo entre la población campesina ha avanzado mucho y generado nuevas variedades importantes, debe haber especial preocupación. Las nuevas variedades, junto a las tradicionales «rescatadas», estarían en riesgo de contaminación transgénica y degradación genómica. Por razones como esta, hay muchas dudas sobre la posibilidad de que los cultivos transgénicos y los no transgénicos puede coexistir (Altieri, 2005). Por si fuera poco, hay estudios que muestran cómo el promotor proveniente del virus puede expresarse genéticamente en mamíferos que se alimentan de plantas transgénicas (Tepfer et al., 2004).
2. El maíz Bt puede afectar negativamente a los enemigos naturales de las plagas y a la fertilidad del suelo: La molécula del insecticida natural Bt que se produce en el maíz transgénico no es igual a la molécula natural de Bt producida en bacterias, que se utiliza como insecticida natural, sin efectos en los consumidores ni en la fauna benéfica de depredadores de las plagas. La molécula producida en el maíz Bt, a diferencia de la natural, sí es tóxica para los enemigos naturales, de tal manera que puede interferir en el control natural de las poblaciones de plagas y causar su aumento, en lugar de su disminución (Hillbeck, 1998; Rosset 2005, 2006), como ha sucedido con el algodón Bt (Gutiérrez, 2005). Además, el Bt presente en el rastrojo del maíz transgénico, una vez incorporado al suelo, interfiere en su biología —como es de esperar, tras incorporar un insecticida al suelo—, lo cual puede afectar negativamente la conservación de su fertilidad (Donnegan et al., 1995; Rosset, 2005, 2006). En otras palabras, la siembra de maíz Bt puede incrementar los problemas de plagas y atentar contra la fertilidad del suelo, sin distinción de dónde y por quién se realice.
3. Cada vez más aparece evidencia sobre los riesgos que representan los alimentos transgénicos para la salud humana: Este año la revista Critical Reviews in Food Science and Nutrition publicó una revisión de todos los estudios científicos publicados sobre los efectos en la salud humana de los alimentos provenientes de los cultivos transgénicos. Sus autores concluyen que «los resultados [...] indican que [los alimentos con transgénicos] pueden causar algunos efectos tóxicos, incluyendo efectos hepáticos, pancreáticos, renales o reproductivos, y que pueden alterar parámetros hematológicos, bioquímicos e inmunológicos» (Dona y Arvanitoyannis, 2009). Se impone entonces la pregunta de hasta qué punto sería aceptable exponer a la población a estos riesgos, sin mencionar la bioquímica de su sangre y su sistema inmunológico, por introducir alimentos transgénicos en su dieta.
En la literatura científica queda claro que los transgénicos presentan riesgos graves para las variedades locales de los cultivos, para las familias campesinas que dependen de ellas, para el agroecosistema (fauna benéfica y biología del suelo) y para la salud humana. Bajo tales circunstancias, debe prevalecer no solo el principio de la precaución: no utilizar una tecnología que es potencialmente peligrosa hasta que su inocuidad haya sido comprobada científicamente, sino también el principio de la necesidad: no usar una tecnología peligrosa si existen otras alternativas que pueden garantizar el mismo fin. En el caso cubano, no hay por qué sembrar un maíz Bt transgénico bajo ninguno de los dos principios. En primer lugar, por los riesgos que representa; en segundo, porque no es necesario. El objetivo del maíz Bt transgénico es controlar las plagas de lepidópteros. Sin embargo, en Cuba tal problema no es grave, y para los niveles en que se presentan, ya hay métodos eficaces, desde el control biológico hasta el manejo agroecológico, pasando por el manejo integrado de plagas. Y si el propósito de multiplicar esas semillas de maíz es para regalarlas o venderlas a países más pobres, colocaría en riesgo a los campesinos, al medioambiente y a los consumidores pobres de esos lugares.
¿Por qué desarrollar cultivos transgénicos en Cuba? Es una verdadera incógnita, cuando el país ha sido reconocido mundialmente por sus avances en la producción agroecológica de alimentos, tanto a través del Movimiento Agroecológico de Campesino a Campesino de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) como el de agricultura urbana. Mis estudios sobre la producción agroecológica en Cuba, que serán publicados por la ANAP, muestran que la agricultura ecológica tiene costos de producción (en divisas) mucho más bajos, logra una productividad total por hectárea muy superior, sufre menos daños por los ciclones y las sequías, y se recupera de forma más acelerada que la agricultura convencional de monocultivo con agroquímicos. Si Cuba ya logró esto, si lo único que necesita es poner toda su tierra arable bajo estos sistemas amigables con el medioambiente, que producen alimentos de mejor calidad, ¿por qué arriesgarse con los transgénicos? La transgénesis pone en riesgo todo lo alcanzado con la agroecología, tanto en términos productivos como de prestigio internacional.
Finalmente, desarrollar y sembrar transgénicos coloca al país en franca contradicción con sus más firmes aliados en el mundo entero: los movimientos populares y sociales, los de los campesinos, pueblos indígenas, ambientalistas, consumidores, mujeres y activistas de los derechos humanos, que se han pronunciado en repetidas ocasiones a favor de Cuba, pero también en contra de los transgénicos. Como admirador y firme y solidario amigo de la Revolución Cubana, no quisiera verla caer en la trampa de los transgénicos.
En una declaración difundida el 18 de abril de 2009, La Vía Campesina, alianza global de organizaciones campesinas, se pronuncia a propósito de la siembra de maíz Bt en España. En ella se afirma lo siguiente:
Desde hace más de diez años, el Estado español es el único Estado miembro de la Unión Europea que cultiva transgénicos a gran escala. Y lo hace con una absoluta falta de transparencia y control. Nadie sabe dónde están estos cultivos, nadie evalúa sus daños, nadie asume responsabilidades. // Muchos países europeos han prohibido el cultivo de maíz transgénico: Francia, Polonia, Austria, Luxemburgo, Grecia o Hungría. Y hace solo unos días, Alemania. Y lo han hecho basándose en evidencias científicas sobre sus daños al medio ambiente, en las incertidumbres sobre sus efectos en la salud humana y animal, y en la imposibilidad de proteger la agricultura convencional y ecológica de la contaminación genética. // De contaminación genética se sabe mucho en Aragón, la región donde más transgénicos se cultivan. Más de 30.000 hectáreas de maíz modificado genéticamente que contaminan nuestros campos y nuestros alimentos. Que ponen en peligro los modelos de agricultura sostenible, como la agricultura ecológica. // La agricultura ecológica está en peligro en Aragón, y en el resto del Estado... en Navarra, Cataluña, Extremadura..., por los múltiples casos de contaminación. Agricultores y agricultoras que habían optado por practicar una agricultura responsable con el medio ambiente, por producir alimentos sanos y de calidad, ven cómo todos sus esfuerzos e ilusiones se pierden por culpa de la avaricia de unas multinacionales con la complicidad del Gobierno estatal y autonómico. // Los consumidores y consumidoras estamos además indefensos ante la introducción, en contra de nuestra voluntad, y sin que en la mayoría de los casos podamos evitarlo, de transgénicos en nuestra alimentación. // Los cultivos transgénicos se introdujeron hace ya más de doce años con la promesa de acabar con el hambre y la pobreza, de producir alimentos más sanos, nutritivos y baratos, de solucionar los problemas de los y las agricultores y muchas otras promesas. No se ha cumplido ninguna de estas promesas, todas han resultado ser falsas. // Así vemos cómo sucesivos gobiernos han autorizado y siguen autorizando la liberación de seres vivos extraños en nuestros campos y en nuestros platos a pesar de que:
Esto afirma La Vía Campesina, que reúne a unos 500 millones de familias campesinas de todo el planeta, y es firme aliada de la Revolución Cubana. Cuba, modelo para el mundo y sueño de tantos, te rogamos: ¡no sigas por el camino transgénico!
(Lista Bibliografía)
Fernando Rafael Funes Monzote.
(La Habana, 1971).
Ingeniero Agrónomo del Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana (1995); Máster en Agroecología y Desarrollo Rural Sostenible de la Universidad Internacional de Andalucía, España (1998); Diploma en Ganadería y Desarrollo Rural del International Agricultural Center, Holanda (1998); Doctor en Producción Ecológica y Conservación de los Recursos de la Universidad de Wageningen, Holanda (2008). Miembro fundador del Grupo Gestor de la Asociación Cubana de Agricultura Orgánica (ACAO), miembro de la Asociación Cubana de Producción Animal y de la Sociedad Latinoamericana de Agroecología (SOCLA) y colaborador de la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica (IFOAM). Editor de ocho volúmenes de memorias de eventos científicos y autor de capítulos en varias compilaciones. Autor de Integración ganadería-agricultura con bases agroecológicas (2000), Fincas integradas ganadería-agricultura para cultivar biodiversidad (2001), Abonos orgánicos (2004), Farming Like We’re Here to Stay: The Mixed Farming Alternative for Cuba (2008), Agricultura con futuro: La alternativa agroecológica para Cuba (2009), y Eficiencia energética en los sistemas agropecuarios (2009). Ha liderado o participado en numerosos proyectos de investigación y desarrollo sobre agricultura orgánica y agroecología. Actualmente labora en la Estación Experimental Indio Hatuey de la Universidad de Matanzas, donde forma parte del Comité Académico de la Maestría en Pastos y Forrajes.
Eduardo Francisco Freyre Roach
(La Habana, 1958).
Licenciado en Ciencias Filosóficas de la Universidad Estatal de Moscú (1983). Doctor en Ciencias Filosóficas desde 1987 y Profesor Titular desde 1999. Trabaja como Profesor de Filosofía, Historia de la Filosofía, Sociología Agraria, Bioética y Problemas Sociales de la Ciencia y la Tecnología en la Universidad Agraria de La Habana (UNAH). Miembro del Comité Académico de la Maestría en Agroecología y Agricultura Sostenible, de la Maestría de Docencia Agraria y de la Maestría de Bioética. Miembro del Comité Académico del Tribunal Nacional de Ciencias Filosóficas, así como de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales (ACTAF) y del punto focal Cuba de la Red de Acción contra Plaguicidas y sus Alternativas en América Latina (RAPAL). Ha publicado diversas monografías y artículos como «Bioética y Agricultura Sostenible», «Ingeniería Genética y Sociedad», y «Bioética y Agricultura». Mención del Concurso de Ética Elena Gil por su ensayo «¿Hablar por otros?» Premio Provincial de Ciencia y Técnica en 2003 por su investigación «Educación Bioética en las carreras de Ciencias Agrarias» (2001). En 2009 «Habla un transgénico» recibió el Premio de Ensayo que otorga la revista Temas en la categoría de Ciencias Sociales.
Silvia Ribeiro. Dra. Investigadora del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración, México.
Mayling Chan. Estudiante de doctorado del Centro de Estudios del Desarrollo Agrario y Rural (CEDAR), Universidad Agraria de La Habana.
Carlos J. Delgado Díaz. Dr.C. Profesor Titular de la Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana.
José R. Acosta Sariego. Doctor en Medicina, Especialista de Segundo Grado en Salud Pública y Profesor Titular de la Universidad Médica de La Habana. Preside el Club Martiano de Bioética de la Sociedad Cultural José Martí.
Ramón Montano Martínez. MSc. Investigador del Instituto Cubano de Investigaciones de Derivados de la Caña de Azúcar (ICIDCA).
Armando Nova González. Dr.C. Profesor e Investigador Titular del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC), Universidad de La Habana.
Luis L. Vázquez Moreno. Dr. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones de Sanidad Vegetal (INISAV).
Lianne Fernández Granda. Dra. Investigadora del Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical Alejandro de Humboldt (INIFAT)
Zoila M. Fundora Mayor. Dra. Investigadora Titular del Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical Alejandro de Humboldt (INIFAT)
Alfredo Abuín Landín. Especialista de Primer Grado en Bioquímica Clínica del Laboratorio de Investigaciones Biomédicas, Universidad de Ciencias Médicas de Matanzas.
Carmen Porrata Mauri.
Doctora en Ciencias Médicas. Especialista de Segundo Grado en Fisiología. Investigadora Titular del Instituto Carlos J. Finlay.
Mae-Wan Ho. Dra. Institute of Science in Society, Reino Unido.
Miguel A. Altieri. Dr.C. Profesor de la Universidad de Berkeley, California. Presidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA).
Peter Rosset. Dr.C. Investigador del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (CECCAM), México.
Julia Wright. Dra. Investigadora de Garden Organic, Ryton on Dunsmore, Warwickshire, Reino Unido.